martes, 7 de junio de 2022

EL COMBATE SUPREMO

Por Eduardo Gómez 

a Luis Carlos Muñoz Sarmiento

 

De la avaricia que oscurece el esplendor del planeta

De los hombres blancos predestinados por Dios

De los tecnócratas del crimen que administran las masacres

De las elecciones libres donde resucitan los muertos

De las familias distinguidas que usufructúan la tortura

Del rebaño que bala en las iglesias cómplices

Del pueblo arrodillado en reclinatorios de piedra

De los ghettos donde sangran muchachas maquilladas

De las pálidas máscaras que bailotean en los clubes

De la belleza que encubre el veneno y el puñal

De los jóvenes castrados que alardean de sus músculos

De los hambrientos de amor que van de puerta en puerta

sin poder hacer valer su masoquista nobleza

De tanto...

Surgieron ciudades de cemento y multitudes anodinas

y las hordas de zombis que estrangulan el canto.

El paraíso está en torno pero ellos, ciegos, lo mancillan

y la alegría y la amistad con sus pesadas botas humillan.

 

No obstante el plasma sagrado seguirá multiplicándose

y multitudinarios coros desbordaran los estadios

disciplinarán su energía y fundarán nuevas ciudades.

Volveremos a retozar en los ríos azulados

y a nadar perezosamente en los piélagos plateados

de los mares poblados por gérmenes vitales.

Las ciudades surgirán entre el verdor y el canto

de niños, pájaros, fuentes y fábricas robotizadas.

El poeta será líder de multitudes humanizadas

y las mujeres suavizarán las desbocadas ansias

y enriquecerán la fascinante aventura de la infancia.

Ya millones acceden a un amor magnificado

que conquistan a diario en un combate programado

con la fuerza sensual que se sublima en sapiencia

y que culmina en la divina gracia de la ciencia.

Ese amor todavía disperso llegará a ser potencia

como combativo amor que incluye al marginado

y como noble pulsión que a los dioses desafía

y que asume a la criatura en su argamasa de sangre.

 

Desde ahora avizoro la noche primitiva y pura

en donde ya alienta la semilla escondida y madura

que crecerá radiante para lozanos jardines.

Ahora creo que la realidad más profunda es la utopía

y su visión oceánica hecha de lejanías.

La nueva edad de oro sonríe entre nieblas aurorales.

Una esperanza que renace con el canto de las aves

sobre ruinas humeantes y la tierra manchada.

El llanto del recién nacido hace circular su sangre

y al borde del abismo se yergue la vida plena.

Si no podemos luchar por una hermosa utopía

pronto nos consumirá la tediosa misantropía.

Pero esa edad no será de oro sino de amor activo.

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