Por Eduardo Gómez
VIII
El
moreno semidiós condujo a la victoria
las
andrajosas hordas de mirada terrible
y
las grandes montañas y llanuras quedaron
como
perennes monumentos de los fieros combates.
De
Bolívar y sus huestes como del primordial océano,
surgieron
las ciudades y los extensos cafetales.
La
sangre del indio, del español y el africano
mezcló
sus ricas fuentes en valles y planicies
onde
el clarín encabritó los potros ante la carga llanera.
América
yacía como virgen diosa coronada de plumas
acorazada
en Castilla
y
fecundada por los dioses del Continente Negro.
En
Bolívar las razas del planeta encontraron
respuesta
y una espada:
su
clásico discurso se forjó en las palabras de la Roma
pagana
de
las aladas falanges de la Grecia del mármol
de
Iá Francia arrogante contra reyes y tiranos
de
los gigantes rubios que cazaban al Norte
y
del oscuro clamor de Túpac Amaru.
Fue
padre de la futura raza,
Crisol
de Razas que poblará el planeta
del
Gran Mestizo de ojos chispeantes
en
donde sueñan los mares del mundo,
de
brazos fuertes que allanarán montañas
de
piernas ágiles que cruzarán fronteras.
Fue
padre del libre amor:
su
deseo sin vergüenza ni falacia
alimentó
la llama de Manuela la altiva
con
e! áspero aroma de la heroica sangre
con
resinas selváticas y perfumes de orquídeas
con
la música de tiples de sus mulatos rudos
y
el sol de la Ubérrima Zona coagulado en sus carnes.
Fue
padre del amor liberador
contra
el clérigo inquisidor
—hechicero
de misa de olla—
contra
el señor extranjero
y
el criollo parasitario, fue su lucha
Fue
profeta de un gran pueblo:
la
América universal desbordante en sus océanos
que
algún día surgirá.
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