Por Ruben Dario Florez
La fiesta de Colombia de
este 7 de agosto. Había circunspectos señores de corbata y zapatos de charol,
había chicas con tatuajes de flores en los hombros de sirenas empoderadas,
había silleteros con orquídeas misteriosas y anturios escarlatas de pueblos
remotos, había radicales vestidos de domingo, había editores de tipografías
bogotanas indomables desde el 20 de julio, había soldados de los llanos como
los llaneros de Rondón, había exquisitas damas que hablan en francés de elegancias colombianas, había
ñeros de gran agudeza para responder como se merecen los pirobos si hablan mal
del Presidente entrante, había empresarios de verdad que sí arriesgan su
capital, ví una monjita que repasaba su rosario y estaba feliz rezando por el cambio, había ex-guerrilleros curtidos que
firmaron la paz, había madres de hijos desaparecidos, tenían una carta pidiendo
justicia sobre los falsos positivos, había un profesor de un pueblo de la selva
del Vaupés con una edición en la mano del libro de Gaitán " La masacre de
las bananeras", había un jugador de polo con la piel dorada de Boyacá en
los campos, que miraba con sorna; ví un indígena con nimbo de nieves míticas de
la sierra junto al mar y ví a un
cantante de canciones del despecho vestido con camisa de flecos, crucifijo y sombrero de charro mexicano que
aplaudía cuando el electo mandatario hablaba de " la segunda oportunidad
para la tierra de la estirpe colombiana". Y del palacio vi salir a una
comparsa ex- presidencial lúgubre vestida de fúnebre negro. Y la luz de agosto
barrió las últimas tinieblas. En la plaza la música era de fiesta. La verdad
puede brotar del pueblo. Y sea así, sin olvidar a Dostoievskii.

No hay comentarios:
Publicar un comentario