miércoles, 23 de febrero de 2022

LA HISTORIA: VERDAD A MEDIAS

  

Por Santiago A. Serna 

Para superar la prehistoria en autentica historia es preciso que el pueblo sea sujeto de su propio proceso

Decía Karl Marx, de diversas maneras.

El “Rashomon” de Ryunosuke Akutagawa, es la historia de un crimen, narrada por cada uno de los personajes involucrados, creando interpretaciones distintas de la misma. Existe un ejercicio para practicar el oficio de escritor, el cual consiste en crear un relato con varios personajes, después contarlo desde el punto de vista de cada uno de ellos, produciendo varias versiones del mismo. Al parecer con la historia ocurre lo mismo, así que se puede decir que la frase “La historia es contada por los vencedores” es cierta. La historia está llena de ejemplos, como el tan signicativo que pretende postular que el vencedor en la segunda guerra mundial fueron los Estados Unidos (70 % de los europeos, según una encuesta realizada en el 2018 por una agencia de noticias francesa), cuando en realidad fue el Ejército Rojo de la Unión Soviética, bajo la magistral y heroica dirección del equipo comandado por Stalin, el que llegó hasta Berlín, liberando al mundo del nazismo. Basta recordar que la URSS sacrificó más de 27 millones de personas en esa guerra (récord en toda la historia) mientras Estados Unidos perdió solo 400.000 soldados, no tuvo guerra en su territorio e hizo un extraordinario negocio con el plan Marshall, para comprender quién fue el principal vencedor de esa guerra. Mientras tanto, la URSS exhausta, venía de una revolución, en la que fue bloqueada mundialmente e invadida por varias potencias occidentales. Hollywood y la historia escrita por los aliados han desplegado astucia e imaginación para sugerir que fueron ellos los principales actores en la derrota del fascismo.

Hace algunos años, algunos pretendidos historiadores dijeron que la historia no tenía porque ser interpretada y que bastaba describir una sucesión de hechos, fechas y lugares, para que fuera correcta, sin involucrar la opinión del autor, iniciando así una discusión que persiste hasta hoy, en la que se confunde la objetividad con la ausencia de toda interpretación. Es evidente que sin la interpretación los simples hechos históricos no configuran una verdadera historia porque es imposible que el autor no tenga una concepción del proceso que describe, y no se puede confundir una imposible neutralidad con la objetividad, puesto que siempre tendrá una concepción de la manera como se Interdeterminan los sucesos y el grado de intervención y creatividad humana en los resultados. Es evidente, que todo historiador debe poseer capacidades de escritor, en la medida en que los comportamientos y la psicología de los protagonistas requieren una descripción convincente y sutil de su comportamiento.  Esto es especialmente exigente cuando se trata de biografías. Por ejemplo, no imagino cómo sería la biografía de Silva, que tiene más de 900 páginas, sin la agudeza que despliega el autor para mostrarnos esa sensibilidad lirica en relación con la vida de esa época mientras nos enseña  la ciudad en la que él vivió. Aunque también se puede caer en el error de creer que algunas ficciones basadas en historias reales son suficientes para conocer la verdad, como la masacre de las bananeras descrita superficialmente por nuestro premio nobel, y que muchos han tomado como la versión oficial.

Se dice que la historia tiene dos versiones, pero se puede decir que hay una tercera que es la verdad. Negar algunos hechos históricos, hasta ocultarlos y contar una versión propia, hace que puedas crear tu imagen para el mundo. Es el caso del Japón, en la cual niegan, ocultan los documentos oficiales parta poder negar sus acciones en la segunda guerra mundial, específicamente la invasión a China y la masacre de Nanjing. Tanto ha servido la prohibición de que se hable de esto en el país nipón, que los culpables no fueron juzgados o castigados (como si lo fueron los alemanes), tanto ha sido el error de Estados unidos y China que no exigieron a los japoneses que pidieran perdón, ni entraran a explicar los motivos de sus acciones.

La manipulación de la historia también se evidencia en la manera en que se enseña la nuestra, donde supuestos próceres como Camilo Torres, Acevedo y Gómez y el sabio Caldas aparecen como lideres de la lucha por la independencia, cuando está comprobado (como lo muestra el gran historiador Indalecio Liévano Aguirre) que esos supuestos próceres lo que pedían era igualdad con los españoles de la península pero eran monarquistas, racistas y buscaban el enriquecimiento a costa de los indígenas y los esclavos. Se nos ha enseñado a criticar a Bolívar, Nariño o Carbonell; admirar a hombres como Santander (cuyo comportamiento es con frecuencia opuesto a la grandeza de las ideas bolivarianas). Nuestra historia es por tanto, un claro ejemplo de estas omisiones, manipulaciones y errores que conllevan a creer que lo que nos enseñan en nuestros colegios es la verdad pura, que no puede ser juzgada o desmentida. Así que más allá de si la historia debe ser escrita de nuevo, es función de nosotros investigar y tratar de hallar la verdad, para difundirla a los demás. Existen autores que lo han hecho, los cuales deberían ser leídos, hasta puestos como canon en nuestras escuelas, historiadores como Indalecio Liévano, Armando Suescún y muchos más, para desmitificar ciertos personajes, que no han sido impuestos. De esa manera, podríamos comprender el origen de la oligarquía que a lo largo de esta prehistoria ha avasallado al pueblo colombiano hasta nuestros días. Podríamos, además, ver con claridad como la legalidad y pretendida legitimidad del poder se ha valido de leyes injustas y que defienden interés de clase.

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