Por Santiago A. Serna
Para superar la prehistoria en
autentica historia es preciso que el pueblo sea sujeto de su propio proceso
Decía Karl Marx, de diversas maneras.
El “Rashomon” de Ryunosuke Akutagawa, es la historia de un crimen, narrada
por cada uno de los personajes involucrados, creando interpretaciones distintas
de la misma. Existe un ejercicio para practicar el oficio de escritor, el cual
consiste en crear un relato con varios personajes, después contarlo desde el
punto de vista de cada uno de ellos, produciendo varias versiones del mismo. Al
parecer con la historia ocurre lo mismo, así que se puede decir que la frase
“La historia es contada por los vencedores” es cierta. La historia está llena
de ejemplos, como el tan signicativo que pretende postular que el vencedor en
la segunda guerra mundial fueron los Estados Unidos (70 % de los europeos,
según una encuesta realizada en el 2018 por una agencia de noticias francesa),
cuando en realidad fue el Ejército Rojo de la Unión Soviética, bajo la
magistral y heroica dirección del equipo comandado por Stalin, el que llegó hasta Berlín, liberando al mundo del nazismo. Basta recordar que la URSS
sacrificó más de 27 millones de personas en esa guerra (récord en toda la
historia) mientras Estados Unidos perdió solo 400.000 soldados, no tuvo guerra
en su territorio e hizo un extraordinario negocio con el plan Marshall, para
comprender quién fue el principal vencedor de esa guerra. Mientras tanto, la
URSS exhausta, venía de una revolución, en la que fue bloqueada mundialmente e
invadida por varias potencias occidentales. Hollywood y la historia escrita por
los aliados han desplegado astucia e imaginación para sugerir que fueron ellos
los principales actores en la derrota del fascismo.
Hace algunos años, algunos pretendidos historiadores dijeron que la
historia no tenía porque ser interpretada y que bastaba describir una sucesión de
hechos, fechas y lugares, para que fuera correcta, sin involucrar la opinión
del autor, iniciando así una discusión que persiste hasta hoy, en la que se
confunde la objetividad con la ausencia de toda interpretación. Es evidente que
sin la interpretación los simples hechos históricos no configuran una verdadera
historia porque es imposible que el autor no tenga una concepción del proceso
que describe, y no se puede confundir una imposible neutralidad con la
objetividad, puesto que siempre tendrá una concepción de la manera como se
Interdeterminan los sucesos y el grado de intervención y creatividad humana en
los resultados. Es evidente, que todo historiador debe poseer capacidades de
escritor, en la medida en que los comportamientos y la psicología de los
protagonistas requieren una descripción convincente y sutil de su
comportamiento. Esto es especialmente
exigente cuando se trata de biografías. Por ejemplo, no imagino cómo sería la biografía
de Silva, que tiene más de 900 páginas, sin la agudeza que despliega el autor para
mostrarnos esa sensibilidad lirica en relación con la vida de esa época mientras
nos enseña la ciudad en la que él vivió.
Aunque también se puede caer en el error de creer que algunas ficciones basadas
en historias reales son suficientes para conocer la verdad, como la masacre de
las bananeras descrita superficialmente por nuestro premio nobel, y que muchos
han tomado como la versión oficial.
Se dice que la historia tiene dos versiones, pero se puede decir que hay
una tercera que es la verdad. Negar algunos hechos históricos, hasta ocultarlos
y contar una versión propia, hace que puedas crear tu imagen para el mundo. Es
el caso del Japón, en la cual niegan, ocultan los documentos oficiales parta
poder negar sus acciones en la segunda guerra mundial, específicamente la
invasión a China y la masacre de Nanjing. Tanto ha servido la prohibición de
que se hable de esto en el país nipón, que los culpables no fueron juzgados o
castigados (como si lo fueron los alemanes), tanto ha sido el error de Estados
unidos y China que no exigieron a los japoneses que pidieran perdón, ni
entraran a explicar los motivos de sus acciones.
La manipulación de la historia también se evidencia en la manera en que se
enseña la nuestra, donde supuestos próceres como Camilo Torres, Acevedo y Gómez
y el sabio Caldas aparecen como lideres de la lucha por la independencia,
cuando está comprobado (como lo muestra el gran historiador Indalecio Liévano
Aguirre) que esos supuestos próceres lo que pedían era igualdad con los
españoles de la península pero eran monarquistas, racistas y buscaban el
enriquecimiento a costa de los indígenas y los esclavos. Se nos ha enseñado a
criticar a Bolívar, Nariño o Carbonell; admirar a hombres como Santander (cuyo
comportamiento es con frecuencia opuesto a la grandeza de las ideas
bolivarianas). Nuestra historia es por tanto, un claro ejemplo de estas
omisiones, manipulaciones y errores que conllevan a creer que lo que nos
enseñan en nuestros colegios es la verdad pura, que no puede ser juzgada o
desmentida. Así que más allá de si la historia debe ser escrita de nuevo, es
función de nosotros investigar y tratar de hallar la verdad, para difundirla a
los demás. Existen autores que lo han hecho, los cuales deberían ser leídos,
hasta puestos como canon en nuestras escuelas, historiadores como Indalecio
Liévano, Armando Suescún y muchos más, para desmitificar ciertos personajes,
que no han sido impuestos. De esa manera, podríamos comprender el origen de la
oligarquía que a lo largo de esta prehistoria ha avasallado al pueblo colombiano
hasta nuestros días. Podríamos, además, ver con claridad como la legalidad y
pretendida legitimidad del poder se ha valido de leyes injustas y que defienden
interés de clase.
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