Por William Ospina
(El espectador del domingo 3 de abril de 2022).
Ya es hora de que el país
deje de desgastarse en discordias. Desde cuando los liberales y los
conservadores nos enseñaron que medio país tenía que odiar por siempre al otro
medio, Colombia no volvió a tener fuerzas para inventarse un futuro.
Tenemos un territorio
admirable, la mayor biodiversidad del mundo, somos un manantial de agua dulce
asombroso, estamos en una región donde se sienten y se viven todas las fuerzas
del continente, pero la mayor riqueza de un país es su gente, y los políticos
hicieron de esa riqueza una fuente de conflictos y de violencias que nos tiene
convertidos en uno de los países más desiguales y desaprovechados del mundo.
Los políticos nos
enfrentan y nos fanatizan, pero tenemos además un Estado chupasangre que se
gasta nuestros recursos en burocracia y corrupción, al que el tesoro público
solo le alcanza para su propio sostenimiento y para el robo más escandaloso, y
tienen a la población tan sin oficio que en vez de darle educación y salud,
empleo y oportunidades, le entregan mezquinas limosnas que no resuelven nada, y
nos tienen al borde de un estallido social del que lo que vimos el año pasado
era solo un amargo anticipo.
El actual gobierno le
atribuyó a la maldad humana y a fuerzas desestabilizadoras un paro nacional que
se deshizo en llamaradas, pero todos sabemos que esta angustia social ha sido
largamente incubada por la exclusión y el racismo, por la servil política de
apertura que arruinó el modelo productivo, por la estúpida y también servil
política antidrogas, por la pandemia, y por esta costumbre del poder de
responder con atropellos y bala a los reclamos del hambre.
Hay cosas que muchos
países tienen y que a cualquier colombiano le parecen imposibles: una policía
cordial que nos respete, nos proteja y nos ayude a vivir; un Estado que nos atienda
con rapidez y con amabilidad y nos facilite la vida; un servicio de salud que
no sea un calvario; una economía productiva que le dé pan y techo a nuestro
trabajo, vida digna a nuestros hijos, confianza a nuestras calles y que le
ponga fin al desamparo; un modelo educativo que nos enseñe a convivir, que le
abra camino a nuestros talentos, que nos permita avanzar juntos y mirar con
confianza el futuro; ciudades bellas, campos fecundos, vidas alegres y calles
seguras.
¿Queremos reparación para
las vidas destrozadas, las heridas abiertas, los huesos amados perdidos en la
crueldad del territorio, los destinos rotos, las almas envilecidas, las casas
muertas a la orilla de los caminos, los niños sin padres, los corazones vacíos
y la asombrosa falta de esperanzas en un mundo tan bello y en un país tan rico?
¿Queremos verdadera reparación? No sigamos otra vez detrás de la discordia de
todos los que nos predican la desconfianza y la venganza, y nos señalan de
nuevo a su adversario como al demonio, y nos sirven en el plato sus odios fríos
como único alimento.
No sigamos nunca más a
los que no ven en nosotros seres humanos con necesidades y con soluciones, sino
votos para su ambición, cifras para su soberbia y recursos para sus venganzas.
Los rostros y los discursos parecen nuevos pero el estilo es viejo, quieren que
sigamos girando en los remolinos del rencor, eternizan una manera de hacer
política que habla más de lo que fue que de lo que será.
No nos dejemos convertir
en cifras y en instrumentos de las grandes maquinarias de la ambición y del
odio. Votemos, pero no creamos demasiado que son los votos los que cambian el
mundo; no votemos en contra de otros sino a favor de un país verdadero donde
nuestras diferencias, que siempre existirán, no se conviertan en un obstáculo
insuperable para sentirnos parte del mismo país, de la misma memoria, del mismo
destino.
A las guerra no las
resuelve ni la venganza ni la justicia de los tribunales, la única reparación
es cambiar para siempre el presente, dejar atrás la miseria, la exclusión, el
racismo, el odio, la falta de respeto por la gente, la crueldad con los
animales, la profanación de la naturaleza.
Las fuerzas que encarnan
el pasado se alzan y se miran llenas de furia, y se preparan para recomenzar su
danza ritual de descalificaciones, de obstrucciones y de castigos. Así nos
hicieron los viejos catecismos, los viejos sectarismos, las castas, los
gobiernos, los chulavitas, los pájaros, los redentores, los enemigos del
mestizaje, de la diversidad, de la alegría y de la libertad.
En todos esos bandos hay
colombianos que necesitan tanto como nosotros que esos odios fríos descansen
por fin. Hay que corregir al Estado, frenar la corrupción, disolver las
maquinarias, reconstruir el campo, crear industria, comunicar el país, formar
parte del mundo, no extenuarnos más en ver a otros colombianos como nuestros
enemigos. Démosle una lección de alegría a los que quieren seguir en su abrazo
mortal.
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