jueves, 7 de abril de 2022

COLOMBIA Y LA DISCORDIA

 Por William Ospina

(El espectador del domingo 3 de abril de 2022).

Ya es hora de que el país deje de desgastarse en discordias. Desde cuando los liberales y los conservadores nos enseñaron que medio país tenía que odiar por siempre al otro medio, Colombia no volvió a tener fuerzas para inventarse un futuro.

Tenemos un territorio admirable, la mayor biodiversidad del mundo, somos un manantial de agua dulce asombroso, estamos en una región donde se sienten y se viven todas las fuerzas del continente, pero la mayor riqueza de un país es su gente, y los políticos hicieron de esa riqueza una fuente de conflictos y de violencias que nos tiene convertidos en uno de los países más desiguales y desaprovechados del mundo.

Los políticos nos enfrentan y nos fanatizan, pero tenemos además un Estado chupasangre que se gasta nuestros recursos en burocracia y corrupción, al que el tesoro público solo le alcanza para su propio sostenimiento y para el robo más escandaloso, y tienen a la población tan sin oficio que en vez de darle educación y salud, empleo y oportunidades, le entregan mezquinas limosnas que no resuelven nada, y nos tienen al borde de un estallido social del que lo que vimos el año pasado era solo un amargo anticipo.

El actual gobierno le atribuyó a la maldad humana y a fuerzas desestabilizadoras un paro nacional que se deshizo en llamaradas, pero todos sabemos que esta angustia social ha sido largamente incubada por la exclusión y el racismo, por la servil política de apertura que arruinó el modelo productivo, por la estúpida y también servil política antidrogas, por la pandemia, y por esta costumbre del poder de responder con atropellos y bala a los reclamos del hambre.

Hay cosas que muchos países tienen y que a cualquier colombiano le parecen imposibles: una policía cordial que nos respete, nos proteja y nos ayude a vivir; un Estado que nos atienda con rapidez y con amabilidad y nos facilite la vida; un servicio de salud que no sea un calvario; una economía productiva que le dé pan y techo a nuestro trabajo, vida digna a nuestros hijos, confianza a nuestras calles y que le ponga fin al desamparo; un modelo educativo que nos enseñe a convivir, que le abra camino a nuestros talentos, que nos permita avanzar juntos y mirar con confianza el futuro; ciudades bellas, campos fecundos, vidas alegres y calles seguras.

¿Queremos reparación para las vidas destrozadas, las heridas abiertas, los huesos amados perdidos en la crueldad del territorio, los destinos rotos, las almas envilecidas, las casas muertas a la orilla de los caminos, los niños sin padres, los corazones vacíos y la asombrosa falta de esperanzas en un mundo tan bello y en un país tan rico? ¿Queremos verdadera reparación? No sigamos otra vez detrás de la discordia de todos los que nos predican la desconfianza y la venganza, y nos señalan de nuevo a su adversario como al demonio, y nos sirven en el plato sus odios fríos como único alimento.

No sigamos nunca más a los que no ven en nosotros seres humanos con necesidades y con soluciones, sino votos para su ambición, cifras para su soberbia y recursos para sus venganzas. Los rostros y los discursos parecen nuevos pero el estilo es viejo, quieren que sigamos girando en los remolinos del rencor, eternizan una manera de hacer política que habla más de lo que fue que de lo que será.

No nos dejemos convertir en cifras y en instrumentos de las grandes maquinarias de la ambición y del odio. Votemos, pero no creamos demasiado que son los votos los que cambian el mundo; no votemos en contra de otros sino a favor de un país verdadero donde nuestras diferencias, que siempre existirán, no se conviertan en un obstáculo insuperable para sentirnos parte del mismo país, de la misma memoria, del mismo destino.

A las guerra no las resuelve ni la venganza ni la justicia de los tribunales, la única reparación es cambiar para siempre el presente, dejar atrás la miseria, la exclusión, el racismo, el odio, la falta de respeto por la gente, la crueldad con los animales, la profanación de la naturaleza.

Las fuerzas que encarnan el pasado se alzan y se miran llenas de furia, y se preparan para recomenzar su danza ritual de descalificaciones, de obstrucciones y de castigos. Así nos hicieron los viejos catecismos, los viejos sectarismos, las castas, los gobiernos, los chulavitas, los pájaros, los redentores, los enemigos del mestizaje, de la diversidad, de la alegría y de la libertad.

En todos esos bandos hay colombianos que necesitan tanto como nosotros que esos odios fríos descansen por fin. Hay que corregir al Estado, frenar la corrupción, disolver las maquinarias, reconstruir el campo, crear industria, comunicar el país, formar parte del mundo, no extenuarnos más en ver a otros colombianos como nuestros enemigos. Démosle una lección de alegría a los que quieren seguir en su abrazo mortal.

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