Por Eduardo Gómez
A diferencia de los países más avanzados, en Colombia
no se permite una verdadera oposición al régimen establecido. Describamos, para
comprenderlo mejor, las tendencias predominantes al respecto en los últimos 92
años de historia, así sea de manera muy panorámica. Cuando Olaya Herrera ganó
la presidencia para el partido liberal (1930) Colombia entró en una nueva era y
esa sensación se afianzó en las presidencias de López Pumarejo y Eduardo
Santos. Sobre todo en los dos periodos de López (del 34 al 38 y del 42 al 45)
predominó un auténtico liberalismo que obtuvo decisivas reformas laborales,
educativas, sindicalistas y a favor de la libertad de expresión, así como en el
campo y en la naciente industria ligera. Pero la Revolución en Marcha de López
y luego el surgimiento del movimiento popular de Jorge Eliécer Gaitán,
provocaron una reacción violenta en las oligarquías conservadoras con la
complicidad creciente de las oligarquías liberales que se habían opuesto a la
modernización de las estructuras del Sistema e incluso de las más avanzadas
—las lopistas— que se asustaron ante las tendencias radicalmente populares de
Gaitán y retrocedieron, dividiendo con otro candidato al partido liberal, provocando
deliberadamente su caída y prefiriendo la presidencia de Ospina Pérez. De modo
que cuando Gaitán fue asesinado el 9 de abril de 1948, la dirección liberal
oficial, encabezada por Lleras Restrepo y Darío Echandía ofreció su apoyo a
Ospina Pérez, mientras se asesinaban a miles de liberales gaitanistas en todo
el país. Posteriormente se supo que la CIA patrocinó ese asesinato en
complicidad con las oligarquías conservadoras y liberales. Los seguidores de
Gaitán, que constituían la gran esperanza de un país con justicia social,
reaccionaron con mucha fuerza a partir de ese magnicidio y de ese modo se
inició el período conocido como la Violencia, el cual llegó tan lejos en su
sistemática represión de carácter fascista contra todo movimiento de oposición
que reclamara un viraje democrático, que surgieron las guerrillas del Llano de
carácter liberal popular y comunista, con amplia predominancia de las primeras.
Ante el crecimiento y el prestigio de
las guerrillas y la progresiva impotencia del ejército para detenerlas,
dirigentes de ambos partidos urdieron el golpe de Estado de Rojas Pinilla que
terminó, en parte, con las secuelas de la dictadura de Laureano Gómez,
prolongada en cabeza de Urdaneta Arbelaez, y logró la entrega de las guerrillas
liberales (cuyos dirigentes fueron después mayoritariamente asesinados). Rojas
fue exaltado entonces como pacificador pero bastó que tratara de implantar
algunas reformas de carácter populista, al estilo Perón en Argentina, para que
fuera a su vez derrocado por una huelga general patronal, dirigida por Lleras
Camargo, el cual además pactó el Frente Nacional con Laureano Gómez (bajo el
patrocinio de López Pumarejo, quien propuso este pacto desde su retiro). En
esta forma el partido liberal traicionó sus más caros principios y dejo que se
restaurara el liderazgo político del sanguinario dictador Laureano Gómez, así
como el de miles de sicarios y políticos corruptos que lo habían apoyado. De
hecho esta fue la destrucción del partido liberal auténtico.
El Frente Nacional fue un pacto de las oligarquías tanto liberales como conservadoras, por el
cual solamente podían ejercer el poder, por turno, los dos partidos
tradicionales con exclusión de toda oposición. De esa manera se instauró y
legitimó la impunidad más aterradora en la historia de Colombia y se
conservatizó el partido liberal, separando y enfrentando a sus dirigentes de
las amplias y abnegadas multitudes que antes lo seguían. Es verdad que
posteriormente hubo algunos intentos de democratizar el Sistema, como por
ejemplo, cuando Carlos Lleras Restrepo trató de implantar una reforma agraria
capitalista para modernizar el campo y fundó una serie de institutos para
dinamizar la economía. Pero el poder abrumador que había obtenido la reacción,
a medida que el capitalismo salvaje se desarrollaba en el país, terminó por
imponerse tornando más impotente al pueblo trabajador y más fuertes a sus
dominadores y, por otra parte, las guerrillas (aún más radicalizadas) habían resurgido,
lo cual dio pretexto a los gobiernos sucesivos para perseguir con saña toda
oposición auténtica, lo mismo que a las organizaciones populares. Desde entonces, el país
(incluso en las posteriores generaciones de oprimidos) se acostumbró a ese
monopolio político que, hábilmente disfrazado de dos partidos, defiende con
pocas y superficiales variaciones, los mismos intereses. Pero lo peor fue que
el país se acostumbró progresivamente a la impunidad de los asesinatos y
magnicidios políticos cuando quiera que trató de surgir una verdadera oposición
a los regímenes plutocráticos. Como ejemplo, recordaremos el genocidio contra
la Unión Patriótica, un partido en el que habían encontrado algunos sectores
guerrilleros la manera de pasar a una lucha legal y pacífica y que dio cabida a
la rebeldía inteligente de la juventud. No acababa de fundarse cuando empezaron
las matanzas, durante el gobierno “liberal” de Virgilio Barco, hasta asesinar más
de 4000 dirigentes (incluidos dos candidatos presidenciales, senadores, representantes,
alcaldes y concejales) en una casi total impunidad. Esa barbarie se planeó para
obligar a replegarse en las montañas y llanuras a miles de jóvenes, muchos de
ellos con buena preparación y que hubieran podido, desde la oposición legal,
contribuir a la creación de un país moderno y más culto. Se consiguió así
volver “bandidos” (y por tanto “legitimar” su exclusión y extinción) a quienes,
por su posición de avanzada, podían hacer tambalear las oligarquías
tradicionales. Incluso en los casos en que hubo pacto y entrega (como fue el
caso de las guerrillas liberales del Llano y posteriormente del M-19 y las FARC)
la matanza selectiva se realizó con sigilo, astucia e impunidad. En otros casos
como el de Camilo Torres, la falta de garantías en las ciudades también obligó
a la lucha desesperada en las montañas y desembocó en el asesinato del líder. Incluso
un reformista moderado del Liberalismo como Luis Carlos Galán fue asesinado
(cuando se vio que sería elegido presidente) y disuelto su movimiento.
Entretanto, en las ciudades se comenzó a implantar una censura con pena de
muerte o de destierro para todo aquel que criticara el régimen desde un punto
de vista radical y democrático. Fue así como la libertad de expresión terminó
entendiéndose (en el mejor de los casos) como una libertad de diagnóstico pero
sin permitir (con la excepción de quienes se arriesgaban a correr graves
riesgos) el fijar responsabilidades concretas y señalar posibles salidas
político-sociales.
La subida al poder de Álvaro Uribe Vélez, dirigente
pretendidamente “liberal” en sus comienzos, y heredero del gran capital de una
familia de narcotraficantes antioqueños, añadió el narcotráfico a la
escandalosa lista de corrupciones del Sistema. Desde entonces, el gran poder
económico de la mafia se puso al servicio de las tendencias fascistas que ya se
insinuaban en el frente oligárquico, legalizándolas y afianzándolas en el
poder. Los llamados "falsos positivos" (en número de seis mil cuatrocientos dos) han sido apenas una de las masacres de estos regímenes.
Para complementar esta visión panorámica, es
indispensable recordar que sus peores tendencias fueron estimuladas y
asesoradas técnicamente por los gobiernos de Estados Unidos, no solamente con
la sistemática corrupción de nuestro ejército (entrenado en escuelas militares para el
crimen, en EE.UU, especialmente programadas para oficiales latinoamericanos)
sino con préstamos cuantiosos para comprar armas y con asesores de la CIA,
expertos en la tortura y la represión. Y, a propósito, es pertinente mostrar la
infame hipocresía de los actuales aspavientos de la comunidad occidental,
respecto a las operaciones a que se vio obligado el gobierno de Rusia para
defender sus fronteras, terminar las matanzas en Donbass por parte de las
fuerzas fascistas ucranianas, que todavía son muy fuertes, y anular las
amenazas de la OTAN. Es grotesco y estúpido que las llamadas democracias occidentales, que tienen una horrible prehistoria
colonialista de matanzas y genocidios (y
bastaría mencionar los más de 20 años de espantosa guerra contra Vietnam por
parte de Francia y Estados Unidos, o la dictadura de 15 años de Pinochet en
Chile, después que la revolución
pacífica de Allende había ganado las elecciones) para calibrar el grado de
cinismo descarado de quienes ahora tratan de
presentar como una tragedia y un
atropello “imperialista”, la legitima defensa de fronteras de los rusos contra el
fascismo ucraniano y dimensionar lo grotesco de esa representación “humanitaria”
que ahora le hacen al mundo las potencias occidentales con ocasión de la guerra
de Ucrania. Un portal estadounidense denunció que más de mil ochocientas
noticias falsas han sido trasmitidas por Occidente con ocasión del conflicto de Ucrania. Solamente en Colombia hubo
300.000 muertos en ocho años de dictaduras conservadores y ha habido entre seis
y ocho millones de desplazados por la violencia. Y, sin embargo, las plañideras
“humanistas” de ahora, no pensaron en aislar a esas horrendas dictaduras
colombianas, lo mismo que en decenas de casos similares entre las semicolonias
que explotan en el mundo desde hace siglos.
Este bosquejo histórico, necesariamente incompleto y
muy esquemático, es necesario para restaurar la memoria de los viejos y alertar
a los jóvenes que la ignoran, de modo que les sea más comprensible la situación
actual. La constante en esos sucesos es la respuesta represiva y dictatorial
(disfrazada de defensa de una supuesta “democracia”, la de los banqueros y
grandes negocios)) a las propuestas de cambio que consideran imposible una
verdadera democracia política sin una democracia económica y sin una verdadera
libertad de crítica y de disensión, con el agravante de que ninguno de los
movimientos renovadores mencionados, hizo propuestas revolucionarias, sino reformas
populares dentro del sistema operante, con vista a una modernización y
racionalización del mismo. En otros términos: en Colombia no ha gobernado
casi nunca, una burguesía moderna sino una oligarquía anacrónica. Es por eso
que las clases dominantes no han sabido construir en Colombia ni siquiera un
capitalismo moderno (del que serían las más beneficiadas) en el que por
ejemplo, se haga una reforma agraria que acabe con el latifundismo e instaure
la hacienda tecnificada a gran escala con obreros agrícolas en lugar de peones,
o en el que se haga efectiva una separación entre el estado y la iglesia y se dé
verdadera prioridad a una educación integral, basada en la filosofía, la
ciencia y la técnica, en un contexto humanista avanzado; se expidan leyes
antimonopólicas, se reformen los cuerpos armados y se reduzcan al mínimo los
gastos de represión.
Me parece pertinente además, recalcar que ahora volvemos
a tener los colombianos la gran oportunidad de hacer cambios urgentes a este Sistema
de capitalismo salvaje, si votamos por Gustavo Petro, inteligente reformista y
estadista de la Colombia Humana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario