Por Eduardo
Gómez
…a Gustavo
Petro.
I
Ancha y
generosa es nuestra tierra
su
abundancia resistió depredaciones
de los
aventureros de la espada y la cruz
venidos de
ultramar tras El Dorado,
y su nobleza
—que parece inagotable ahora—
sobrevive a
latifundistas y banqueros
y a
ejércitos mercenarios que la asuelan.
Todavía
inmensas llanuras y rumorosas selvas esperan
para ser
laboradas y gozadas por un Hombre feliz.
Mientras en
las ciudades se apretujan hambrientas
multitudes
reptantes convertidas en rebaño,
mientras
estafadores saquean doradas arcas
y los
indigentes corroen palacios con su baba,
mientras el
consumismo endulza esclavitudes
y los
astutos medios reblandecen cerebros
—también
utilizando al buen Jesús—
y las Ollas
surten de droga los colegios
y en lujosos
burdeles y clubes para el tedio
se mina la
energía de la juventud ambiciosa,
y asesinos a
sueldo decapitan a diario los brotes de esperanza,
el hombre
más auténtico, profundo y apartado
propicia y
acecha
(en
universidades y selvas
sindicatos y
foros
bibliotecas
y academias)
la caída del
reino de los ávidos
de los
indiferentes y cómplices
y el
desmoronamiento del imperio del dólar.
II
Ya no es
posible la inocencia sin comedia y cinismo:
el campesino
que encierra su pobreza en una huerta
y sueña con
cielos compensatorios en la iglesia,
el cura que
predica la renuncia y el castigo del cuerpo
y quiere así
una imposible dignidad humana
que exige la
fe de la ignorancia confiada
denigrando
la duda del que busca pensando,
el general
que ordena arrasar y apresar
para
conservar las instituciones del hambre y el atraso
y que
obedece a los políticos de imperios insaciables,
el obispo
que bendice las armas de la guerra opresora
y maniobra
en su palacio para conservar la miseria beata,
el escritor
que practica autocensura y hace cálculos
para ganar
clientela y una publicidad barata,
el poeta que
declara solitario su amor a una estrella
y magnifica
su miseria y sus pequeños dramas,
el pintor
que trafica con decoraciones exquisitas
y con
pequeños escándalos de «instalaciones» arbitrarias,
el
periodista que se alquila a los mejores postores
y el
predicador de ilusiones que funge de mesías,
el juez que
todavía cree en el imperio de las leyes
hechas para
impedir la humanización y la historia;
en fin,
todos aquellos que confunden la paz
con la
conservación resignada de la roña y la carroña,
todos ellos
se aferran a una prehistoria inhumana
despilfarrando
los ricos dones de esta Especie elegida.
Todos
ellos son también nosotros
nuestra
locura, desafío y angustia
nuestro posible amor activo y nuestro
liberador odio.
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