Por Eduardo Gómez
Solamente existe en verdad el oficiante
el elegido por cadenas de sucesos
infinitos
hacia atrás
inescrutables.
El póstumo celebrante del misterio
el que ya sabe cuando aprende
el que más aprende cuando en enseña
el que aprehende sensitivamente matemáticas
y gusta doctamente de la lírica.
Aquel a quien encuentran aún de noche
aún en sueños
abriendo, silencioso, su camino en selva oscura.
El musical sin instrumento
en aire abstracto
y subterráneos mares buceador y hierático.
El que tamiza la luz
y matiza
—luminoso—
la sombra.
El que hace síntesis con síntomas apenas
y descubre el punto exacto por difusas señales.
El que no necesita, en la experiencia, sino débiles comienzos,
el que ensambla
—cotidiano—
laberintos
y sueña
—dorado por los soles—
catacumbas.
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