martes, 5 de julio de 2022

DEL LIBRO INEDITO, "REFLEXIONES Y ESBOZOS".

Por Eduardo Gómez

 I. La pretensión de ser jueces absolutos de la conducta de los otros, desconoce la evidencia de que todo juez está implicado en el juicio que arbitra porque siempre representa determinados intereses, respecto a los que, por más buena voluntad que tenga, no podrá lograr una independencia y una objetividad suficientes que justifiquen la aspiración a “divinizar” sus juicios y, por ejemplo, tratar de resolverlos con la pena de muerte. Los jueces pretendidamente absolutos no han comprendido que nadie es culpable, sino solamente responsable. Para que alguien fuera culpable se necesitaría que no estuviera determinado por circunstancias que van desde lo personal, familiar e histórico hasta lo cósmico. Se necesitaría que pudiera elegir cerebralmente a cada instante su vida, de manera omnipotente, y que escogiera el “mal” pudiendo elegir el “bien”. En última instancia, “elegimos” sólo aquello que tácitamente ya nos es propio, nos determina y nos es accesible, sin ser conscientes de ello, y por eso hablamos de libertad porque ignoramos lo que nos determina, como lo dijo Spinoza. Esta extrema relativización de la libertad es especialmente cierta a escala individual, puesto que a escala social hay muchísimas más posibilidades de elección y de cambio, cuando la coyuntura histórica no sólo lo permite sino que lo presiona.

Con todo, existe de hecho, también en el individuo, alguna libertad, la cual surge de las determinaciones infinitas que por principio no podemos conocer sino en una medida demasiado limitada, de modo que esa ignorancia nos estimula a intentar acciones que modifiquen la inercia de los procesos. Pero esa ilusión de “elegir” se convierte, objetivamente hablando, en una apuesta en la que es decisiva la capacidad para prever y relacionar determinaciones históricas e individuales de todo orden, pero siempre (de alguna manera) más o menos inmediatas e insuficientes. Y como, además, es evidente que ningún hombre puede ser reducido a las causas que lo producen, no sólo porque, como ya se dijo, apenas podemos conocerlas en una mínima parte, sino porque sus consecuencias se combinan de manera que no pueden ser completamente previstas, el sentimiento de libertad para escoger y ordenar surge, básicamente, de la ilusión de poder que esas circunstancias azarosas suscitan. Comprendida así, la llamada libertad individual se configura, en última instancia, a partir de una apuesta intuitiva y de un azar pero sin ellos no habría ninguna dinámica creativa en nuestras existencias.

Correlativamente, la cultura es, en ese sentido, el saber y la sensibilidad que capacitan para comprender y prever el mayor número de determinaciones y posibles consecuencias de una situación y para disminuir, consecuentemente, los riesgos de fracaso y de pérdida de tiempo, en la aventura que es toda existencia.

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