Por Eduardo Gómez
II.
Cuando
se habla de orígenes primigenios y cósmicos, nunca se trata de un primer origen
en sentido absoluto, puesto que un comienzo absoluto del Universo supondría que
antes del mismo habría una Nada absoluta y ésta es impensable porque supone una
contradicción antagónica y excluyente en sus términos: de la supuesta Nada
total ninguna vida podría surgir, ni
tampoco cosa alguna. De manera invertida, sucedería lo mismo con una supuesta
destrucción total de lo existente porque la completa aniquilación tendría que
dar lugar a una Nada absoluta. Entonces, es verdad que nada se crea y nada
se destruye y no hay sino transformaciones,
como dice Lavoisier. El Universo
conocido (porque cabe la hipótesis de infinitos universos simultáneos) es el
origen de todo lo existente y a El va a parar todo lo que se destruye o muere. Como
lo decía Sagan, el Cosmos es todo lo que fue , todo lo que es y todo lo que
será. Estas características del Cosmos, nos llevan a clarificar de dónde surgen
inconscientemente las supuestas características de Dios, puesto que no es ese
fantasma sino el universo el que” no tiene principio y no tendrá fin” y el “omnipotente”.
Ese Cosmos está eternamente siendo, y es, en definitiva, lo que se
mitifica como “Dios”, personificándolo mediante la infantil proyección inconsciente
y magnificada de la figura paterna (como lo sugiere Freud) y para defenderse de
la angustia que produce lo desmesurado e imposible de explicar satisfactoriamente
en el medio prehistórico-social en que nos debatimos (como lo sugiere Marx),
así como para tratar de comunicarse con ese Ello, personificándolo, e intentar
influir en ese supuesto Él, mediante oraciones, ofrendas y ceremonias.
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