lunes, 18 de julio de 2022

Dos fragmentos del libro inédito "Reflexiones y Esbozos"

 Por Eduardo Gómez.

III. El fantasma de Dios se nutre de la excesiva dependencia de la naturaleza y de una pre-historia muy elemental, y es, fundamentalmente, una creación ingenua de sectores muy atrasados que permanecen fijados a esa pre-historia. En su versión más primitiva e inaccesible, se trata del fantasma más tiránico y absoluto, entre los fantasmas creados por la neurosis colectiva, y presenta la paradoja de que siendo una figura imaginaria, domina y aterroriza por entero a su creador, el hombre subdesarrollado, a quien en este caso más bien debiéramos llamar subhombre, puesto que todavía está anclado en las fantasías infantiles de la impotencia.

En sus formas más cultas, Dios surge como personificación del Misterio del Cosmos y de la imposibilidad que todo hombre padece de contestar satisfactoriamente las preguntas esenciales sobre el origen y la finalidad de la vida y de la muerte. El panteísmo ha sido la concepción de Dios más común en algunos hombres de gran cultura (Goethe y Spinoza son ejemplos clásicos). En esa creencia, Dios se confunde con el Cosmos y por tanto no es personalizable, pues está dondequiera; es la Energía, es el estímulo vital y “espiritual” supremo. Esta ya puede ser una concepción lúdico-poética de la Naturaleza, conciliable con la ciencia y la filosofía (como lo fue en Goethe, quien, al mismo tiempo, escribía poemas agnósticos de la profundidad crítica de Prometeo y hacía investigaciones científicas sobre los fenómenos de la luz y el origen de las plantas).

 

En general, toda liberación auténtica parte de la superación de la superstición religiosa (como lo dicen Marx y Engels). La abrumadora carga del fantasma de Dios debe ser superada para que la desaparición de ese reino tiránico e imaginario de un Padre todopoderoso, permita alcanzar una verdadera adultez y gozar en su plenitud el reino de este mundo y asumir sus raíces cósmicas, las únicas verdaderamente “divinas” porque no tienen principio ni fin. Así, la criatura realizará la divinidad que hay en ella (producto de una evolución inconmensurable) y se hará Hombre, hijo predilecto de la Naturaleza y del Misterio del Cosmos. Entonces podremos jugar con la figura simbólica de los dioses en la música y la poesía, en el lecho del amor sin remordimientos, en los espacios abiertos donde fluyen ríos gigantes y danzan océanos y selvas bajo cielos grávidos de galaxias. ¡Pues somos los únicos capaces de re-crear mundos y cielos a nuestra medida y desmesura!

 

IV. Es preciso diferenciar la religiosidad filosófica de la superstición religiosa, pues la primera surge de la conciencia y la aceptación objetiva, de estar sobrepasados por un Cosmos infinito y eterno. Esta conciencia se condensa en asombro ante la imposibilidad de explicar y racionalizar satisfactoriamente la existencia y ante las extrañas maravillas y los misterios que ofrece la Naturaleza. Al mismo tiempo, ese asombro filosófico-religioso es la base insustituible de todo gran arte y de toda trascendencia.

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