Por Eduardo Gómez.
III. El fantasma de Dios se
nutre de la excesiva dependencia de la naturaleza y de una pre-historia muy
elemental, y es, fundamentalmente, una creación ingenua de sectores muy atrasados
que permanecen fijados a esa pre-historia. En su versión más primitiva e
inaccesible, se trata del fantasma más tiránico y absoluto, entre los fantasmas
creados por la neurosis colectiva, y presenta la paradoja de que siendo una
figura imaginaria, domina y aterroriza por entero a su creador, el hombre
subdesarrollado, a quien en este caso más bien debiéramos llamar subhombre, puesto
que todavía está anclado en las fantasías infantiles de la impotencia.
En sus formas más cultas,
Dios surge como personificación del Misterio del Cosmos y de la imposibilidad
que todo hombre padece de contestar satisfactoriamente las preguntas esenciales
sobre el origen y la finalidad de la vida y de la muerte. El panteísmo ha sido
la concepción de Dios más común en algunos hombres de gran cultura (Goethe y
Spinoza son ejemplos clásicos). En esa creencia, Dios se confunde con el Cosmos
y por tanto no es personalizable, pues está dondequiera; es la Energía, es el
estímulo vital y “espiritual” supremo. Esta ya puede ser una concepción lúdico-poética
de la Naturaleza, conciliable con la ciencia y la filosofía (como lo fue en
Goethe, quien, al mismo tiempo, escribía poemas agnósticos de la profundidad
crítica de Prometeo y hacía investigaciones
científicas sobre los fenómenos de la luz y el origen de las plantas).
En general, toda liberación
auténtica parte de la superación de la superstición religiosa (como lo dicen
Marx y Engels). La abrumadora carga del
fantasma de Dios debe ser superada para que la desaparición de ese reino
tiránico e imaginario de un Padre todopoderoso, permita alcanzar una verdadera
adultez y gozar en su plenitud el reino de este mundo y asumir sus raíces cósmicas,
las únicas verdaderamente “divinas” porque no tienen principio ni fin. Así, la criatura realizará la divinidad que hay en ella (producto de
una evolución inconmensurable) y se hará Hombre, hijo predilecto de la
Naturaleza y del Misterio del Cosmos.
Entonces podremos jugar con la figura simbólica de los dioses en la música y la
poesía, en el lecho del amor sin remordimientos, en los espacios abiertos donde
fluyen ríos gigantes y danzan océanos y selvas bajo cielos grávidos de galaxias.
¡Pues somos los únicos capaces de
re-crear mundos y cielos a nuestra medida y desmesura!
IV. Es preciso diferenciar la
religiosidad filosófica de la superstición religiosa, pues la primera
surge de la conciencia y la aceptación objetiva, de estar sobrepasados por un
Cosmos infinito y eterno. Esta conciencia se condensa en asombro ante la
imposibilidad de explicar y racionalizar satisfactoriamente la existencia y
ante las extrañas maravillas y los misterios que ofrece la Naturaleza. Al mismo
tiempo, ese asombro filosófico-religioso
es la base insustituible de todo gran arte y de toda trascendencia.
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