Por Eduardo Gómez
El poeta Walt
Whitman (1819-1892) nació en la aldea de West Hills, en la región que hoy ocupa
en toda su extensión la metrópoli de New York, en ese entonces una pujante pero
todavía pequeña ciudad. Era descendiente de recios pioneros, cuyos antepasados
habían sido soldados del ejército libertador de Washington, agricultores y
cazadores pero también (en una rama de la familia más afortunada) de graduados
en Harvard y pastores protestantes. El padre de Walt era carpintero y
constructor de casas de madera, descendiente de ingleses, y la madre era hija
de un lobo de mar holandes. Walt se cría muy cerca de las ciudades pero entre
una espléndida naturaleza a la orilla del mar. Su familia se trasladaba con
frecuencia a diversos lugares (como lo exigía el trabajo del padre) y el futuro
poeta adquiere el gusto por el nomadismo y el vagabundaje, aunque sin descuidar
sus amadas y desordenadas lecturas de autores clásicos. Probó múltiples oficios
y era amigo de conductores de omnibuses, pescadores y trabajadores de todo
tipo, aunque con el tiempo conoce a importantes personalidades de la cultura y
la política. En una ocasión reemplazó a un conductor de tranvía enfermo y
durante varios meses estuvo pasándole el sueldo que le correspondía. El joven
poeta, todavía desconocido, trabaja en diversos oficios, inclusive como conductor, tipógrafo y
periodista Era fervoroso partidario de Lincoln , de su causa antiesclavista y
su aspiración a una democracia “del pueblo y para el pueblo”, todo lo cual lo
llevó a organizar y ganar la Guerra de Secesiön contra los atrasados estados
del Sur, (empeñados en conservar la esclavitud) imponiéndoles la democracia y
la unidad del pais. Lincoln fue asesinado por haber triunfado en esa gesta, y
Whitman lo veneraba como a una de los grandes líderes de la historia. Durante
la guerra, el poeta se desempeñó, con abnegación infatigable y durante varios
años, como enfermero y ayudante en los hospitales y frentes de guerra, y el
magnetismo y capacidad solidaria de su
fuerte personalidad, se hicieron
célebres entre los médicos que lo conocieron, los cuales le enviaban casos
desesperados de soldados abatidos y enfermos por esa guerra atroz entre
hermanos, para que el poeta los ayudara con su vitalidad desbordante y su
humana sabiduría. Después de la guerra, unos amigos le consiguieron un puesto
en el Ministerio del Interior para ayudarlo en su pobreza, y cuando el ministro
del Interior, James Harlam, supo que su empleado acababa de publicar un libro
de poemas (Hojas de Hierba, editado
el 31 de mayo de 1865) aprovechó una ausencia de su subalterno para buscar en
su escritorio, donde encontró el libro. Una vez que lo leyó, procedió indignado
a expulsar al poeta. Esa reacción de rechazo fue casi masiva, por considerar el
libro inmoral y subversivo: los libreros bloquearon la distribución, los
críticos lo agraviaron, los moralistas lo condenaron, y una serie de
personalidades de las letras y la
política, devolvieron al poeta el ejemplar que les había enviado, con una
excepción decisiva: la del eminente humanista, Emerson, quien le escribe una
carta donde le dice: “Considero Hojas
de Hierba , como el más extraordinario logro de espiritualidad y sabiduría
que América haya producido hasta hoy”. Era la consagración del genio por
descubrir, por el genio ya consagrado, y
eso bastaba como augurio.
Pletórico de salud, sensibilidad e
inteligencia, el gigante del Norte se canta “a sí mismo” pero no en un sentido narcisista, sino
como creación de la Naturaleza y de la
sociedad, como ser humano y
representante del pueblo pujante de Norteamérica . Sabe que en cierto
sentido, él es todos, y se siente orgulloso de su cuerpo y de su
vitalidad:
“Yo me
celebro y yo me canto,/ y todo cuanto es mío también es tuyo,/ porque no hay un
átomo de mi cuerpo que no te pertenezca./
Indolente y ocioso convido a mi alma,/ me dejo estar y miro un tallo de
hierba de verano./ Mi lengua, cada
átomo de mi sangre, hechos con esta tierra, con este aire,/ nacido aquí, de
padres cuyos padres nacieron aquí, lo mismo que sus padres./ Yo ahora, a los treinta y siete años de mi
edad y con salud perfecta, comienzo,/ y espero no cesar hasta mi muerte./”
De
entrada, Whitman no se plantea como juez de nadie, ni como representante
sectario de ninguna tendencia. Las conoce, lo enriquecieron pero las ha
trascendido:
“Me
aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás;/ me sirvieron, no las
olvido;/ soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos,/
naturaleza sin freno con elemental energía.”(1)
Su apertura a todos, especialmente al hombre común y
productivo, a los animales y plantas y a la naturaleza en general, hace
que su poesía se abra , abarcadora,
mediante enumeraciones extensas y minuciosas, imposibles de encontrar, con esa
abundancia concreta, en otro poeta anterior o posterior a él, con la excepción
relativa de Neruda, en algunos pasajes de “Canto General”. Como ejemplo, de esa
avidez de testimoniar presencias y situaciones, está el extenso fragmento No.
33 de Canto de mi mismo, entre otros varios. Whitman intuye que en cualquier
existente, por insignificante que parezca, se puede vislumbrar un microcosmos
que remite al macrocosmos. Con mayor razón en el cuerpo humano. El poeta siente
que su cuerpo es el resultado de una evolución de millones de años y que
encierra en su organismo rastros de los innumerables estados por los que ha pasado, porque sabe
que el cuerpo humano está hecho de los mismos elementos que todo lo existente (así
sean plantas, animales o minerales) pero
en combinaciones y grados evolutivos más complejos:
“Creo que
una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas,/ y
que la hormiga es perfecta, y que también lo son el grano de arena y el huevo
del zorzal,/ y que la rana es una obra maestra, digna de las más altas,/ y que
la zarzamora podría adornar los salones del cielo,/ y que la menor articulación
de mi mano puede humillar a todas las maquinas,/ y que la vaca paciendo con la
cabeza baja supera todas las estatuas,/ y que un ratón es un milagro capaz de
confundir a millones de incrédulos. /
Siento que en mi ser se incorporan el genesis, el carbón, el musgo/ de
largos filamentos, las frutas, los granos, las raíces comestibles,/ y que estoy
hecho de cuadrúpedos y de pájaros,/ y que puedo recuperar cuanto he dejado
atrás,/ pero que puedo hacerlo volver cuando se me antoje.”
Ama y admira, especialmente, toda vida orgánica, y exalta la
nobleza callada y la entrega de los
animales a su destino; se asombra de la concordancia de su comportamiento con
su naturaleza peculiar; aprende de ellos la autenticidad instintiva y la
confianza en sus posibilidades:
“Creo que podría vivir con los animales,
son tan secretos y tan plácidos,/ me detengo y me demoro mirándolos./ No se atormentan ni se quejan de su
condición,/ no se quedan despiertos toda la noche ni lamentan sus culpas/ no me
abruman con discusiones sobre sus deberes para con Dios,/ ni uno solo está
descontento, ni uno sólo está dominado por la locura de tener cosas,/ ni uno
solo se arrodila ante otro…”
En sucesivos fragmentos, Whitman exalta a los héroes de la
guerra de liberación, al hombre medio, paciente y laborioso lo mismo que al
pionero indómito .Hablando en primera persona, en forma representativa del
hombre como ser social, expresa su
potencia vital, dice que no vale nada sin los otros, que es producto del legado
de las generaciones anteriores, que la democracia es su consigna, que el amor
es inconcebible sin la liberación sexual, y canta la gloria del cuerpo humano
contra todo intento de degradarlo:
“Walt Whitman, un cosmos, de Manhatthan el hijo,/
turbulento, carnal, sensual, comiendo, bebiendo, engendrando,/ ni sentimental,
ni sintiéndose superior a otros hombres y mujeres,/ ni alejado de ellos,/ No
menos modesto que inmodesto./ ¡Arrancad
los cerrojos de las puertas!/ ¡Arrancad las puertas de los goznes!/ El que degrada a otro me degrada,/ y todo lo
que se dice o se hace vuelve a mí al fin./ A través de mí surge la voluntad
creadora, a través de mí, el torrente y el índice./ Digo el principal santo y seña, hago el
signo de la democracia…/No aceptaré nada que no sea ofrecido a los demás en
iguales condiciones./ Muchas voces
largo tiempo calladas brotan de mí,/ voces de las interminables generaciones de
prisioneros y de esclavos,/voces de los enfermos y de los inconsolables, de los
ladrones y de los enanos,/ voces de ciclos de preparación y de crecimiento,/ de
los hilos que unen a las estrellas, y de los vientres, y de la simiente
paterna,/ y del derecho de aquellos a quienes oprimen los otros…/ Brotan de mí
voces prohibidas,/ voces del sexo y del apetito, voces veladas y yo aparto el
velo,/voces indecentes clarificadas y transfiguradas por mí…./ Me conservo tan puro en las entrañas como en
la cabeza y en el corazón,/ la cópula no es para mí más vergonzosa que la
muerte./ Creo en la carne y en los
apetitos,/ ver, oir, tocar, son milagros, y cada parte de mí es un
milagro./ Divino soy por dentro y por
fuera, y santifico todo lo que toco y me toca,/ el aroma de estas axilas es más
fino que las plegarias,/ esta cabeza es más que las iglesias, las biblias y
todos los credos.”
Después del Canto de mi mismo, hay otras tres partes (Hijos de
Adán, Riachos de otoño y Cantos de despedida), con los que se completa la obra magna de conjunto que Whitman titulö, Hojas
de hierba . Esta en realidad forma una poderosa
unidad de gran poema. En Hijos de Adan, resurge, aún con más fuerza, el gran sensual que era
Whitman, su entrega festiva y amoral
(término que no se puede confundir con inmoral, que es reactivo respecto
a la moral cristiana) a la unión amorosa. Su actitud es la de un hombre
bisexual, con predominancia de la tendencia a su propio sexo. Esta posición
(expresada con discreción y delicadeza) es de una inusitada audacia en pleno
siglo XIX, y desafía el moralismo victoriano que venía de Inglaterra a reforzar
el de las austeras sectas protestantes del Nuevo Mundo. Proclama , además que
lo que se llama alma no son sino las funciones del cuerpo y que el cuerpo “es
el alma”:
“Yo canto
el cuerpo eléctrico,/ me abrazan los ejércitos de quienes amo y yo los abrazo,/ no han de soltarme hasta que yo vaya con ellos,
hasta que les responda,/ hasta que yo los purifique y los colme
con la carga de mi alma./ ¿ No es sabido
que quienes corrompen su cuerpo están ocultándose? / ¿Y quienes profanan a los
vivos son tan viles como quienes profanan a los muertos?/ ¿ Y
que el cuerpo no vale menos que el
alma?/ Y si el cuerpo no fuese el alma, qué es el alma?/
El
amor del cuerpo de un hombre o del cuerpo de una mujer/ no admite explicación,/
El cuerpo del hombre es perfecto, y es perfecto el cuerpo de la mujer.”
En “Hijos de
Adan”, Whitman desarrolla temas ya esbozados en Canto de mi mismo, y la diferencia está en que los trata en forma
especializada y más concentrada. En el poema, Durante cuánto tiempo nos
engañaron, vuelve a la profunda intuición (que ya había esbozado
parcialmente en poemas anteriores) sobre el tema de la evolución desde el seno
de la Naturaleza, de cómo volvemos a Ella, y de cómo estamos constituidos por
los mismos elementos que contiene la materia llamada “inanimada” (con lo cual
se está insinuando que no hay materia inanimada puesto que ella es capaz de
producir los organismos conscientes más complejos). Así, Whitman esboza ese Eterno Retorno, de que nos habla Nietzsche,
sin haber leído al filósofo alemán. El poema, Durante cuánto tiempo nos
engañaron, es una composición sobre las muertes y resurrecciones, tal como
las concibe un agnóstico y materialista integral. Cuando dice, por ejemplo,:
“Durante
cuánto tiempo nos engañaron!/…Somos la
Naturaleza, durante mucho tiempo
estuvimos lejos, pero ahora volvemos,/ nos convertimos en plantas,
en troncos, en follaje, raíces y cortezas,/ estamos asentados en la tierra,
somos peñascos,/ somos encinas, crecemos juntos en los claros del bosque,/…
somos dos peces que nadan juntos en el mar,/somos lo que son las flores del
algarrobo, derramamos fragancia/ en los caminos de tierra/, somos dos soles que deslumbran,
somos nosotros dos los que giramos…/ somos
dos nubes que se
desplazan en lo alto cuando amanece o atardece,/ somos dos mares que se
unen../”. La
singularidad aquí (respecto a Nietzsche y a todo lo que se ha escrito sobre
estos procesos) radica en que Whitman habla de un proceso, no en la soledad,
sino realizado por una pareja amorosa. Como quien dice: el amor es tan fuerte
que continúa vivo en la descomposición y
en todos los avatares de la evolución, más allá de la vida consciente. Por eso
el sujeto del poema es plural:”Somos dos soles que deslumbran…”etc.
Queda por dilucidar el singular título del poema; ¿a
qué engaño alude? Indudablemente al engaño de la superstición religiosa que
niega la procedencia del Hombre en la Naturaleza y se refiere al alma como a
una imposible y absurda “chispa divina” que estaría en contradicción absoluta
con el cuerpo. Para Whitman , como ya vimos, el cuerpo es el alma y el alma es
el cuerpo vivo, en lo que coincide con los grandes filósofos modernos( Marx,
Nietzsche, Heidegger, entre otros).
En los últimos fragmentos de sus “Hojas de Hierba”,
Whitman habla de que somos eternos , como la Naturaleza de que provenimos (lo
cual coincide con la tesis de Nietzsche al respecto, cuando dice en” El Eterno
retorno”, que con esa teoría ha descubierto “la inmortalidad del Hombre pero
dentro de la Naturaleza”). Su canto va
elevando el tono y tornándose profético:
“Para
concluir ,anuncio lo que vendrá después/ … Cuando América cumpla lo prometido…/
He cantado las canciones de la vida y la muerte,/ y las canciones del nacimiento, y he probado que hay muchos nacimientos…/ Anuncio el advenimiento de personas elementales,/ anuncio a la justicia triunfante,/ anuncio intransigentes igualdades y libertades…/Anuncio una abundante vida, vehemente, espiritual, audaz…/Siento que estoy muriendo./ Apresúrate garganta ,canta por última vez…/Camarada, esto no es un libro,/ el que lo toca, toca a un hombre,/ (¿es de noche? ¿Estamos solos los dos?)”
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