Por Eduardo Gómez
En una lucha político-social de la importancia del
Paro actual en Colombia, que desde hace meses se mantiene y ya ha obtenido
significativos triunfos, es decisivo tener claridad desde el principio sobre
cuál es la forma de lucha que podrá llevar al país a un cambio efectivo que
supere los graves problemas que desde hace décadas aquejan a Colombia, en todas
sus clases sociales, aunque, claro está, con variaciones complejas. Hay una
forma de lucha que ya está dada como protesta de multitudes por las calles de
las ciudades y como paralización ocasional de actividades, las cuales plantean
al gobierno, mediante comités directivos una serie de reformas urgentes. A
pesar de la represión se logró la renuncia de tres ministros, el fracaso de una
abusiva reforma tributaria y se bloqueó una reforma de salud inconveniente,
captando así algunas manifestaciones de simpatía por parte de otros gobiernos
como el del presidente de E.E.U.U, Joe Biden. La represión violenta ha tenido
que retroceder y la necesidad de democratizar la economía (sin lo cual no es
posible democratizar la política) se impone cada vez más, incluso en los
sectores ilustrados de las clases altas que comprenden que de su realización
progresiva depende fundamentalmente el fomento del trabajo productivo y la
elevación del nivel técnico y cultural, así como la capacidad de consumo del
pueblo que estimula la dinámica económica y el bienestar. La grandeza, o al
menos la influencia y respetabilidad de un país, en el conjunto mundial,
depende de que el pueblo y sus clases dominantes superen la barbarie que
suscitan el hambre, la desocupación, el fanatismo religioso y la ignorancia, en
las que todavía se debate nuestro pueblo. Aunque todos, de alguna manera,
hacemos historia, la abrumadora mayoría la hace de hecho, pero de forma
inconsciente o apenas pre-consciente de modo tal que resulta afianzándola
contra sus propios intereses, los más esenciales para constituir un ser humano,
es decir, resulta configurando una pre-historia. Para hacer auténtica historia
se necesita que un pueblo y sus representantes sean sujetos de su propio
proceso y hayan asumido racionalmente sus intereses básicos, de tal manera que
puedan orientar y cocrear (relativamente y dentro de lo que permite la
coyuntura mundial) sus más altos fines de superación y humanización.
En lo que se refiere a Colombia ¿Cómo se caracteriza
ese proceso en el Paro Nacional actual? Ante todo, se trata de un movimiento de
las clases medias bajas y de la base popular, puesto que la participación de
las clases medias altas y de la clase dominante ha sido casi inexistente
porque, en su torpeza y mezquindad, todavía consideran que la ignorancia, la
pobreza y la superstición dizque favorecen su condición de clases
“privilegiadas”, de modo que auspician solapadamente la proliferación del
atraso y los regímenes represivos y corruptos. No han comprendido que su poder
y su enriquecimiento material lo deben al trabajo productivo de millones y que
lo que consideran triunfos y privilegios, han sido obtenidos en la soledad y a costa
de las mayorías más productivas y valiosas, de modo que son triunfos pírricos,
que se basan en la represión sistemática que ejerce el Estado totalitario,
militarista y prostituido, cuya violencia y corrupción afecta también a
aquellos que lo detectan, falseando sus vidas, fomentando la neurosis, la mutua
desconfianza del individualismo y la competencia desenfrenada, la frivolidad,
la deslealtad, y la bajeza, cuando no la guerra y el crimen organizado. No
obstante, aún quedan sectores muy minoritarios de una burguesía moderna y culta
y de sectores profesionales y universitarios de las clases medias que sienten
cada vez más la necesidad del cambio, como lo veremos más adelante en este
escrito. Estos sectores han comprendido que la violencia surge de la tremenda
desigualdad y la pobreza y que el consumo insuficiente y el hambre no sólo
fomentan el robo, la estafa y la mala fe sino que paralizan y degradan la
economía y la cultura.
Tampoco podemos idealizar al pueblo raso
considerándolo únicamente como víctima inocente porque su composición es muy
variada y contradictoria; de ese pueblo salen los peores esbirros del régimen,
los policías y militares represivos, muchos de los fanáticos y dogmáticos y
muchos de los que venden el voto en las elecciones. Entonces, es necesario
aclarar que consideramos como pueblo auténtico aquellos sectores (incluidas las
clases altas y las clases medias ya mencionadas) que son sectores productivos
en su manera de laborar y que tienen alguna visión crítica ante las
alienaciones del Sistema que a todos nos abruma. Pero aún en ese pueblo que
ahora lucha, hay todavía sectores que no transcienden la crítica y el rechazo
puramente negativos, quedándose en posiciones nihilistas y simplemente rebeldes
porque les falta una formación política que les permita vislumbrar y comprender
la necesidad de organizar, unitaria y disciplinadamente, un movimiento político
que sea capaz de tomarse el Estado y transformarlo en sus caducas estructuras.
Son sectores que todavía (y tal vez de manera inconsciente) sustentan los
prejuicios respecto a “la política” en general (confundiéndola con la politiquería),
los cuales han sido inculcados con éxito en las mayorías, por la acción
perversa y sistemática de los grandes medios de comunicación al servicio del
Sistema y de sus roscas dominantes, que en esa forma han buscado la
despolitización y la indiferencia de las masas para que estas sean manipulables
y sumisas. Ahora bien, la única forma de acceder al poder en este momento es
mediante el voto meditado y responsable o sea sabiendo hacer política.
La consecuencia de los comportamientos apolíticos, se
proyecta en el actual Paro Nacional y se hace visible en algunas tendencias que
se podrían calificar de anarquistas, aunque no son las predominantes. Sin
embargo, ellas dificultan la acción político-social constructiva y organizada
de los sectores más avanzados de ese movimiento y tienden a dividirlo y
debilitarlo. Concretamente, se trata de que es necesario pasar de las fiestas
callejeras que son las manifestaciones, a una exigente unificación y disciplina
de las diversas tendencias que integran las multitudes del Paro, en torno a
metas político-sociales definidas, para comenzar a ganar las cuales se necesita
triunfar en las dos elecciones que se avecinan, las parlamentarias y la
presidencial. Se necesita una acción madura, política y lúcida, que se someta a
la disciplina y a la dirección de un movimiento progresista, evitando las críticas
y disensiones que no son constructivas y que tiendan a peligrosas divisiones que
podrían provocar una derrota. Después de una “guerra de setenta años” (que el
historiador Armando Suescun describió y analizo admirablemente en su último
libro, antes de morir) es evidente que los logros posibles por esa vía heroica
están agotados y que ahora está a la orden del día el camino de las reformas
mediante un Estado verdaderamente democrático. El panorama de las candidaturas
presidenciales también aparece favorablemente a las fuerzas progresistas, no
sólo porque la Derecha no tiene dirigentes de talla nacional y el uribismo está
en un irreversible hundimiento, sino porque las candidaturas con más opción
representan de maneras diferentes, a sectores amigos de un cambio democrático.
En efecto, Gustavo Petro que ha logrado organizar el partido de la Colombia
Humana (el cual ha sido reconocido recientemente por la corte constitucional)
es sin duda la posibilidad de cambio más integral y probablemente la
mayoritaria. En cuanto a las otras candidaturas, la táctica de la Derecha es
lanzar decenas de ellas para tratar de comprometer diversos matices y
tendencias conservadoras y sumarlas (en la segunda vuelta, que se da por
segura) en entorno de un solo candidato para derrotar a Petro (a lo cual hay
que agregar el fraude y la compra de votos, con que cuentan). De modo que es
preciso que Petro gane en la primera vuelta, y que esa primera vuelta sea
rigurosamente vigilada a todos los niveles, para evitar cualquier trampa. En el
caso de que la coalición de la Esperanza elija a Alejandro Gaviria, el exrector
de la universidad de los Andes, esta candidatura probablemente estaría más
cerca de las propuestas de Petro ecológico-políticas. Esta candidatura es, de hecho,
amiga de la Colombia Humana, puesto que tanto Petro como Gaviria coinciden en
cuestiones fundamentales como la relativa democratización en la economía y la
refundación del Estado como un Estado de servicio a la comunidad. Petro ha
comprendido que no es posible plantear una “revolución” en la Colombia actual
porque no hay condiciones subjetivas y, en consecuencia, ha buscado contactos
con empresarios colombianos y magnates judíos, y algunos importantes dirigentes
de la Derecha ilustrada se le han unido. Desde hace tiempo, la Colombia Humana
expone un programa de reformas para la constitución de un Estado de derecho que
pueda ser viable en Colombia, aunque la mala fe de sus opositores insiste en
calificarlo de “extremista”, con lo cual quieren decir que Petro expropiará a
los ricos e instaurará un régimen vengador de las clases oprimidas como la
propaganda derechista pretende que sea cualquier “régimen comunista”. Nada más opuesto
a las intenciones implícitas de la Colombia Humana. Como estadista moderno, de
una formación política y cultural humanística (que podemos admirar en su libro
autobiográfico recientemente publicado) Petro ha estado planteando
(recientemente en España), en todas sus intervenciones parlamentarias y
discursos de la campaña presidencial, los problemas fundamentales de Colombia y
el mundo, como superar la dependencia del petróleo y el carbón, instaurando la
energía eléctrica, solar y eólica, lo
mismo que la relación que existe entre esa concepción depredadora de la
economía y la esclavización de las clases trabajadoras por una explotación
desenfrenada, con todo lo cual salen perdiendo todas las clases sociales
(puesto que afectan la modernización y desarrollo de la economía y la cultura)
y la especie humana en general. Pero al mismo tiempo Petro es consciente y lúcido
al advertir que sería desastroso quemar etapas históricas artificialmente y que
por ahora sólo es posible realizar algunas reformas progresivas que encaucen al
país hacia una modernidad que lo situé en las primeras filas de los países más
auténticamente avanzados y cultos del mundo. La realización racional y
humanística de las reformas necesarias en cada etapa, nos ira señalando el
camino a seguir y los límites de nuestras capacidades. Dada la situación de
pobreza, ignorancia y superstición, en que se encuentra el pueblo colombiano de
base, y el atraso cultural y el egoísmo mezquino de las clases altas, es
necesaria la valiosa colaboración de los sectores minoritarios ilustrados y
avanzados de las clases altas (y lo mismo de sus cuantiosos recursos
económicos) y de los valiosos profesionales de las clases medias. Se necesita,
pues, un amplio frente democrático para sacar al país de la postración en que
lo han dejado décadas de violencia y barbarie y este se ha realizado en la
unidad dinámica a la que convoca el Pacto Histórico organizado por la Colombia
Humana que lidera Petro.
En esa perspectiva es fácil comprender la importante
función de las probables candidaturas de Sergio Fajardo o Alejandro Gaviria
(como candidatos únicos del movimiento La esperanza) que representan sectores
burgueses ilustrados y auténticamente liberales como los que dirigen la
universidad de Los Andes, de la cual Gaviria fue rector. No obstante, entre
estos candidatos y Petro, hay importantes diferencias, en el sentido de que la
Colombia Humana representa radicalmente los sectores populares y de la clase
media y que Fajardo y Gaviria representan, ante todo, sectores burgueses cultos
y liberales, que involucran buena parte de las clases altas más ilustradas. Es
probable que sectores reaccionarios de la oligarquía traten de monopolizar estas
candidaturas como suyas. En este caso, tanto Fajardo como Gaviria tendrán que
ser suficientemente honestos para, incluso en el caso de que acepten un apoyo
electoral, no se dejen manipular, ni utilizar por la extrema Derecha, para lo
cual es necesario que Fajardo y Gaviria no permitan la inquisición del anticomunismo
en sus filas y viceversa, la Colombia Humana no debe permitir el sectarismo y
el extremismo “infantil” en sus filas, sino buscar los puntos comunes
esenciales para un cambio. Si se logran esas posiciones, tanto Fajardo como Gaviria
podrían considerarse, en esta etapa, como valiosos amigos, por los partidarios de
Petro y sus diferencias como conciliables con los fines de la Colombia Humana
para los próximos años Por parte del Pacto Histórico, es muy importante tener
claridad sobre el hecho de que no se trata de concebir el cambio como la
posibilidad de “castigar” a las clases altas o como una especie de venganza. También
las clases altas, aunque de otras maneras, han sido determinadas por su
nacimiento y por su entorno a obrar como lo han hecho, es decir tampoco ellas
son “culpables” porque para serlo tendrían que haber elegido libremente las
condiciones de su vida. Es necesario cambiar el Sistema que nos ha determinado
a esta lamentable prehistoria para lo cual hay que precisar responsabilidades,
pero no culpabilidades. Si los dos movimientos no se dejan anular por moralismos
y enredos jurídicos, si mantienen a raya a los predicadores de “pureza”
ideológica, en la izquierda y de mentiras y calumnias en la Derecha, un pacto
sobre las bases de un cambio moderado es posible. En ese caso, tanto Fajardo
como Gaviria podrían enriquecer los objetivos de la Colombia Humana con sus
críticas constructivas y sus abundantes recursos, y viceversa, así como servir
de puente entre las clases altas más inteligentes y las clases medias y básicas
del pueblo raso. Lo importante es que hay posibilidades de diálogo y de
discusión productiva entre los tres movimientos.
Escoger el camino de las reformas que propicien la
transformación del Estado corrupto y represivo en un Estado de servicio que
fomente la prosperidad y la cultura para todos, exige un movimiento político
idóneo que este dirigido por lideres representativos de ese pueblo crítico y
creativo a que aludíamos, porque es la forma más eficaz de realizarnos en la
acción solidaria, al mismo tiempo que transformamos la historia, evitando la
dispersión de las disputas y la confusión sangrienta de los tumultos
innecesarios. Nuestro pueblo ya ha
perdido demasiadas batallas (sin hablar de los 30 billones de pesos que produce
la corrupción) y se ha degradado demasiado, internamente y en el concierto de
los pueblos del mundo. Por fin ha llegado una coyuntura, en la que se puede
aprender de esa prehistoria y aprovechar la crisis mundial (que agudiza la
pandemia) para esta vez dar el salto cualitativo que nos asegure un futuro
digno y cada vez más próximo a una realización plena.
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