miércoles, 19 de enero de 2022

ANALISIS DEL PARO NACIONAL EN COLOMBIA Y LA COYUNTURA ELECTORAL

Por Eduardo Gómez 

En una lucha político-social de la importancia del Paro actual en Colombia, que desde hace meses se mantiene y ya ha obtenido significativos triunfos, es decisivo tener claridad desde el principio sobre cuál es la forma de lucha que podrá llevar al país a un cambio efectivo que supere los graves problemas que desde hace décadas aquejan a Colombia, en todas sus clases sociales, aunque, claro está, con variaciones complejas. Hay una forma de lucha que ya está dada como protesta de multitudes por las calles de las ciudades y como paralización ocasional de actividades, las cuales plantean al gobierno, mediante comités directivos una serie de reformas urgentes. A pesar de la represión se logró la renuncia de tres ministros, el fracaso de una abusiva reforma tributaria y se bloqueó una reforma de salud inconveniente, captando así algunas manifestaciones de simpatía por parte de otros gobiernos como el del presidente de E.E.U.U, Joe Biden. La represión violenta ha tenido que retroceder y la necesidad de democratizar la economía (sin lo cual no es posible democratizar la política) se impone cada vez más, incluso en los sectores ilustrados de las clases altas que comprenden que de su realización progresiva depende fundamentalmente el fomento del trabajo productivo y la elevación del nivel técnico y cultural, así como la capacidad de consumo del pueblo que estimula la dinámica económica y el bienestar. La grandeza, o al menos la influencia y respetabilidad de un país, en el conjunto mundial, depende de que el pueblo y sus clases dominantes superen la barbarie que suscitan el hambre, la desocupación, el fanatismo religioso y la ignorancia, en las que todavía se debate nuestro pueblo. Aunque todos, de alguna manera, hacemos historia, la abrumadora mayoría la hace de hecho, pero de forma inconsciente o apenas pre-consciente de modo tal que resulta afianzándola contra sus propios intereses, los más esenciales para constituir un ser humano, es decir, resulta configurando una pre-historia. Para hacer auténtica historia se necesita que un pueblo y sus representantes sean sujetos de su propio proceso y hayan asumido racionalmente sus intereses básicos, de tal manera que puedan orientar y cocrear (relativamente y dentro de lo que permite la coyuntura mundial) sus más altos fines de superación y humanización.

En lo que se refiere a Colombia ¿Cómo se caracteriza ese proceso en el Paro Nacional actual? Ante todo, se trata de un movimiento de las clases medias bajas y de la base popular, puesto que la participación de las clases medias altas y de la clase dominante ha sido casi inexistente porque, en su torpeza y mezquindad, todavía consideran que la ignorancia, la pobreza y la superstición dizque favorecen su condición de clases “privilegiadas”, de modo que auspician solapadamente la proliferación del atraso y los regímenes represivos y corruptos. No han comprendido que su poder y su enriquecimiento material lo deben al trabajo productivo de millones y que lo que consideran triunfos y privilegios, han sido obtenidos en la soledad y a costa de las mayorías más productivas y valiosas, de modo que son triunfos pírricos, que se basan en la represión sistemática que ejerce el Estado totalitario, militarista y prostituido, cuya violencia y corrupción afecta también a aquellos que lo detectan, falseando sus vidas, fomentando la neurosis, la mutua desconfianza del individualismo y la competencia desenfrenada, la frivolidad, la deslealtad, y la bajeza, cuando no la guerra y el crimen organizado. No obstante, aún quedan sectores muy minoritarios de una burguesía moderna y culta y de sectores profesionales y universitarios de las clases medias que sienten cada vez más la necesidad del cambio, como lo veremos más adelante en este escrito. Estos sectores han comprendido que la violencia surge de la tremenda desigualdad y la pobreza y que el consumo insuficiente y el hambre no sólo fomentan el robo, la estafa y la mala fe sino que paralizan y degradan la economía y la cultura.

Tampoco podemos idealizar al pueblo raso considerándolo únicamente como víctima inocente porque su composición es muy variada y contradictoria; de ese pueblo salen los peores esbirros del régimen, los policías y militares represivos, muchos de los fanáticos y dogmáticos y muchos de los que venden el voto en las elecciones. Entonces, es necesario aclarar que consideramos como pueblo auténtico aquellos sectores (incluidas las clases altas y las clases medias ya mencionadas) que son sectores productivos en su manera de laborar y que tienen alguna visión crítica ante las alienaciones del Sistema que a todos nos abruma. Pero aún en ese pueblo que ahora lucha, hay todavía sectores que no transcienden la crítica y el rechazo puramente negativos, quedándose en posiciones nihilistas y simplemente rebeldes porque les falta una formación política que les permita vislumbrar y comprender la necesidad de organizar, unitaria y disciplinadamente, un movimiento político que sea capaz de tomarse el Estado y transformarlo en sus caducas estructuras. Son sectores que todavía (y tal vez de manera inconsciente) sustentan los prejuicios respecto a “la política” en general (confundiéndola con la politiquería), los cuales han sido inculcados con éxito en las mayorías, por la acción perversa y sistemática de los grandes medios de comunicación al servicio del Sistema y de sus roscas dominantes, que en esa forma han buscado la despolitización y la indiferencia de las masas para que estas sean manipulables y sumisas. Ahora bien, la única forma de acceder al poder en este momento es mediante el voto meditado y responsable o sea sabiendo hacer política.

La consecuencia de los comportamientos apolíticos, se proyecta en el actual Paro Nacional y se hace visible en algunas tendencias que se podrían calificar de anarquistas, aunque no son las predominantes. Sin embargo, ellas dificultan la acción político-social constructiva y organizada de los sectores más avanzados de ese movimiento y tienden a dividirlo y debilitarlo. Concretamente, se trata de que es necesario pasar de las fiestas callejeras que son las manifestaciones, a una exigente unificación y disciplina de las diversas tendencias que integran las multitudes del Paro, en torno a metas político-sociales definidas, para comenzar a ganar las cuales se necesita triunfar en las dos elecciones que se avecinan, las parlamentarias y la presidencial. Se necesita una acción madura, política y lúcida, que se someta a la disciplina y a la dirección de un movimiento progresista, evitando las críticas y disensiones que no son constructivas y que tiendan a peligrosas divisiones que podrían provocar una derrota. Después de una “guerra de setenta años” (que el historiador Armando Suescun describió y analizo admirablemente en su último libro, antes de morir) es evidente que los logros posibles por esa vía heroica están agotados y que ahora está a la orden del día el camino de las reformas mediante un Estado verdaderamente democrático. El panorama de las candidaturas presidenciales también aparece favorablemente a las fuerzas progresistas, no sólo porque la Derecha no tiene dirigentes de talla nacional y el uribismo está en un irreversible hundimiento, sino porque las candidaturas con más opción representan de maneras diferentes, a sectores amigos de un cambio democrático. En efecto, Gustavo Petro que ha logrado organizar el partido de la Colombia Humana (el cual ha sido reconocido recientemente por la corte constitucional) es sin duda la posibilidad de cambio más integral y probablemente la mayoritaria. En cuanto a las otras candidaturas, la táctica de la Derecha es lanzar decenas de ellas para tratar de comprometer diversos matices y tendencias conservadoras y sumarlas (en la segunda vuelta, que se da por segura) en entorno de un solo candidato para derrotar a Petro (a lo cual hay que agregar el fraude y la compra de votos, con que cuentan). De modo que es preciso que Petro gane en la primera vuelta, y que esa primera vuelta sea rigurosamente vigilada a todos los niveles, para evitar cualquier trampa. En el caso de que la coalición de la Esperanza elija a Alejandro Gaviria, el exrector de la universidad de los Andes, esta candidatura probablemente estaría más cerca de las propuestas de Petro ecológico-políticas. Esta candidatura es, de hecho, amiga de la Colombia Humana, puesto que tanto Petro como Gaviria coinciden en cuestiones fundamentales como la relativa democratización en la economía y la refundación del Estado como un Estado de servicio a la comunidad. Petro ha comprendido que no es posible plantear una “revolución” en la Colombia actual porque no hay condiciones subjetivas y, en consecuencia, ha buscado contactos con empresarios colombianos y magnates judíos, y algunos importantes dirigentes de la Derecha ilustrada se le han unido. Desde hace tiempo, la Colombia Humana expone un programa de reformas para la constitución de un Estado de derecho que pueda ser viable en Colombia, aunque la mala fe de sus opositores insiste en calificarlo de “extremista”, con lo cual quieren decir que Petro expropiará a los ricos e instaurará un régimen vengador de las clases oprimidas como la propaganda derechista pretende que sea cualquier “régimen comunista”. Nada más opuesto a las intenciones implícitas de la Colombia Humana. Como estadista moderno, de una formación política y cultural humanística (que podemos admirar en su libro autobiográfico recientemente publicado) Petro ha estado planteando (recientemente en España), en todas sus intervenciones parlamentarias y discursos de la campaña presidencial, los problemas fundamentales de Colombia y el mundo, como superar la dependencia del petróleo y el carbón, instaurando la energía eléctrica, solar y eólica,  lo mismo que la relación que existe entre esa concepción depredadora de la economía y la esclavización de las clases trabajadoras por una explotación desenfrenada, con todo lo cual salen perdiendo todas las clases sociales (puesto que afectan la modernización y desarrollo de la economía y la cultura) y la especie humana en general. Pero al mismo tiempo Petro es consciente y lúcido al advertir que sería desastroso quemar etapas históricas artificialmente y que por ahora sólo es posible realizar algunas reformas progresivas que encaucen al país hacia una modernidad que lo situé en las primeras filas de los países más auténticamente avanzados y cultos del mundo. La realización racional y humanística de las reformas necesarias en cada etapa, nos ira señalando el camino a seguir y los límites de nuestras capacidades. Dada la situación de pobreza, ignorancia y superstición, en que se encuentra el pueblo colombiano de base, y el atraso cultural y el egoísmo mezquino de las clases altas, es necesaria la valiosa colaboración de los sectores minoritarios ilustrados y avanzados de las clases altas (y lo mismo de sus cuantiosos recursos económicos) y de los valiosos profesionales de las clases medias. Se necesita, pues, un amplio frente democrático para sacar al país de la postración en que lo han dejado décadas de violencia y barbarie y este se ha realizado en la unidad dinámica a la que convoca el Pacto Histórico organizado por la Colombia Humana que lidera Petro.

En esa perspectiva es fácil comprender la importante función de las probables candidaturas de Sergio Fajardo o Alejandro Gaviria (como candidatos únicos del movimiento La esperanza) que representan sectores burgueses ilustrados y auténticamente liberales como los que dirigen la universidad de Los Andes, de la cual Gaviria fue rector. No obstante, entre estos candidatos y Petro, hay importantes diferencias, en el sentido de que la Colombia Humana representa radicalmente los sectores populares y de la clase media y que Fajardo y Gaviria representan, ante todo, sectores burgueses cultos y liberales, que involucran buena parte de las clases altas más ilustradas. Es probable que sectores reaccionarios de la oligarquía traten de monopolizar estas candidaturas como suyas. En este caso, tanto Fajardo como Gaviria tendrán que ser suficientemente honestos para, incluso en el caso de que acepten un apoyo electoral, no se dejen manipular, ni utilizar por la extrema Derecha, para lo cual es necesario que Fajardo y Gaviria no permitan la inquisición del anticomunismo en sus filas y viceversa, la Colombia Humana no debe permitir el sectarismo y el extremismo “infantil” en sus filas, sino buscar los puntos comunes esenciales para un cambio. Si se logran esas posiciones, tanto Fajardo como Gaviria podrían considerarse, en esta etapa, como valiosos amigos, por los partidarios de Petro y sus diferencias como conciliables con los fines de la Colombia Humana para los próximos años Por parte del Pacto Histórico, es muy importante tener claridad sobre el hecho de que no se trata de concebir el cambio como la posibilidad de “castigar” a las clases altas o como una especie de venganza. También las clases altas, aunque de otras maneras, han sido determinadas por su nacimiento y por su entorno a obrar como lo han hecho, es decir tampoco ellas son “culpables” porque para serlo tendrían que haber elegido libremente las condiciones de su vida. Es necesario cambiar el Sistema que nos ha determinado a esta lamentable prehistoria para lo cual hay que precisar responsabilidades, pero no culpabilidades. Si los dos movimientos no se dejan anular por moralismos y enredos jurídicos, si mantienen a raya a los predicadores de “pureza” ideológica, en la izquierda y de mentiras y calumnias en la Derecha, un pacto sobre las bases de un cambio moderado es posible. En ese caso, tanto Fajardo como Gaviria podrían enriquecer los objetivos de la Colombia Humana con sus críticas constructivas y sus abundantes recursos, y viceversa, así como servir de puente entre las clases altas más inteligentes y las clases medias y básicas del pueblo raso. Lo importante es que hay posibilidades de diálogo y de discusión productiva entre los tres movimientos.

Escoger el camino de las reformas que propicien la transformación del Estado corrupto y represivo en un Estado de servicio que fomente la prosperidad y la cultura para todos, exige un movimiento político idóneo que este dirigido por lideres representativos de ese pueblo crítico y creativo a que aludíamos, porque es la forma más eficaz de realizarnos en la acción solidaria, al mismo tiempo que transformamos la historia, evitando la dispersión de las disputas y la confusión sangrienta de los tumultos innecesarios.  Nuestro pueblo ya ha perdido demasiadas batallas (sin hablar de los 30 billones de pesos que produce la corrupción) y se ha degradado demasiado, internamente y en el concierto de los pueblos del mundo. Por fin ha llegado una coyuntura, en la que se puede aprender de esa prehistoria y aprovechar la crisis mundial (que agudiza la pandemia) para esta vez dar el salto cualitativo que nos asegure un futuro digno y cada vez más próximo a una realización plena.

 

  


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