Por Rubén Darío Flórez, Profesor Asociado Universidad Nacional de Colombia y director del Instituto León Tolstoi.
No son esporádicos los intercambios del interior colombiano con la hoya amazónica del país. Pescado, pirarucú, palabras, plantas medicinales nos llegan en un comercio permanente. En esta región de junglas es fundamental el hábitat de pueblos indígenas con sus lenguas y su secular conocimiento del entorno natural. Hay allí una condición de bilingüismo de docenas de hablantes indígenas, traductores natos que hablan admirablemente dos lenguas.
Usar un idioma indígena en contextos de comunicación vinculados a labores agrícolas significa que el léxico cotidiano o ritual (originado en la praxis sobre el entorno) nombra saberes de plantas, atributos, sus propiedades al mezclarse y los efectos sobre el organismo, así como su valor medicinal.
Son del patrimonio cultural de los grupos indígenas: destrezas de expresión verbal; habilidades en dos lenguas para comunicarse y traducir; conocimiento de códigos culturales y del entorno botánico. Fruto de siglos de trabajos de observación, sistematización y experimentación durante las labores agrícolas de: pautas climáticas, rasgos de especies botánicas y su uso social.
¿Es primitivo el mundo de la selva? Afirmación de arrogancia propia de la codicia que enmascara el saqueo cultural. El conocimiento de este mundo de plantas amazónicas, su ubicación y propiedades es patrimonio indígena. El Prof. Prithwi Ghosh llama etnobotánica a este saber indígena. En 1939 un extranjero Richard Schultes llegó al Vaupés y se apropió como su capital farmacológico de saberes que indígenas traductores, baquianos, chamanes de Colombia, le revelaron:
Rutas, ubicación de plantas, poderes de hojas, raíces, flores, cortezas, semillas de 1500 especies conocidas por indígenas como estimulantes, insecticidas, vermífugos, venenos, agentes para dolencias cardiovasculares. Recopiló “germoplasmas para mejoramiento de plantaciones comerciales”. Schultes copió, registró, clasificó y transportó en valijas el saber indígena sin pagar aduana ni dar crédito a sus fuentes. Escribió artículos, informes confidenciales y libros sin dar ni nombres ni apellidos de los chamanes que no lo dejaron extraviarse en la selva, a la que siguió llamando “desconocida región”.
Fue famoso por el saber esquilmado. Rodeado de indígenas tuvo el descaro de escribir: “aprendí a vivir en la soledad de la selva primitiva”. Aunque estuvo acompañado de hablantes del español y de idiomas indígenas, los que Schultes nunca aprendió, sin embargo, después del despojo del saber indígena escribió: “Rindo tributo a los exploradores del pasado: Wallace, Darwin, Bates”.
De 1941 a 1955 viajará
como agente por Putumayo, Kaparaná e Igaparaná, Caquetá, Miritiparaná, Yarí, de
la mano de traductores indígenas hablantes de huitoto, bora, yukuna, makú,
desana, cubeo, kuripako y del español; acumulará el saber botánico de ellos. Escribirá
con cinismo “La Amazonía colombiana aún no ha sufrido el saqueo físico y
cultural que está asolando a otras partes de la Amazonía”; pero su nombre como
marca ya había impreso sello de propiedad sobre el saber indígena.

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