Por: Luis Alberto Arenas V.*
“A través de la historia, la biblioteca del vencedor se alza como un emblema del poder, depositaria de la versión oficial, pero la versión que nos tortura es siempre la otra, la que contiene la biblioteca de cenizas.”
Alberto Manguel, La biblioteca de noche
“Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen.”
George Steiner, Los libros nos necesitan
Noches alumbradas con el resplandor de montones de libros ardiendo sería mi primer encuentro con el mundo de los libroclastas.
Poco antes de las seis de la mañana la emisora Radio Magallanes, con el fondo de las notas musicales de la canción Los colihues del grupo Los Amerindios, comenzó a informar sobre los acontecimientos que dieron manos libres a la quema de libros arrancados de pequeñas bibliotecas familiares. En muchos hogares que poseían jardines o solares y que tuvieron tiempo, lograron esconder bajo tierra unos pocos libros preferidos. Constituirían las miles de bibliotecas enterradas cuyo destino se extravió en los cenagales de la memoria.
La tarde era fría y lluviosa en Sazie, una de las calles que cortan las manzanas del barrio aledaño a la Estación Central, una zona popular de muchos inquilinatos y conventillos, cuando comenzó a operar una formidable máquina del olvido, como la llamó el documentalista Patricio Guzmán. Operación apoyada por amplios sectores ilustrados de la población que luego guardarían el largo silencio cómplice de los idiotas útiles. Pero la construcción de un abismo del olvido va dejando cantidades de detritus que devienen en hechos monumentales para la memoria y el recuerdo.
A pocas cuadras de La Alameda, avenida que une la Estación Central del sistema ferroviario y la parte alta de la ciudad, está el estadio Chile aledaño a la calle Sazie. En el número 2491 de esta calle, en el segundo piso, el salón principal de grandes ventanales de un apartamento daba a una especie de antejardín separado de la acera por una verja con pequeño zócalo de cemento; un árbol viejo y deshojado llenaba melancólicamente el espacio hasta la pared del edificio.
Los ventanales fueron abiertos para dar paso a los libros que el primer allanamiento incautó en aquella pequeña edificación de tres plantas. En el antejardín prendieron la fogata al lado del viejo árbol testigo involuntario de un renovado rito de libroclastia tan antiguo como la misma palabra escrita. Debajo del escuálido árbol, aún sin las hojas que les privó el invierno y premonitorio de épocas más duras, se iluminó la escena con la hoguera que la soldadesca alimentaba con las páginas de libros hechos para leer, para derrotar el hastío del tiempo, en una extraña y macabra danza ritual en medio de la fría oscuridad de la noche.
Algunas personas fueron apresadas y conducidas al Estadio Chile. Luego serían arrojadas a la calle en medio del toque de queda. Eran hombres muertos. Hoy apenas son un recuerdo.
Debajo de una puerta quedaron esparcidos los recuerdos de esas tardes aciagas: un diploma de estudios universitarios con las huellas del polvo de las botas de un innominado militar; una cámara fotográfica despedazada en el vano intento por destruir información.
En esos tiempos de odio a los residentes extranjeros y cuando la mitad del país daba la bienvenida al nuevo orden, al contemplar las esbeltas palmeras que yacen a los pies del cerro San Cristóbal sobre el costado que da a La Alameda, vinieron a la memoria los versos de un poeta del al-Andalus cuando al observar una palmera trasplantada desde las tierras del Magreb, exclamaba con nostalgia ‘tú también en esta tierra eres extranjera’.
Por ese apartamento pasé un 25 de septiembre a las 6 de la mañana, una vez levantado el toque de queda, camino al extranjero en el primer vuelo comercial autorizado. La administradora del edificio que vivía al interior del segundo piso descorrió la cortina y observó acuciosamente, con el semblante que delataba el pavor de días de miedo, mi llegada y salida cuando me acerqué a retirar las pocas pertenencias que habrían sobrevivido a la expoliación.
En esas noches los libroclastas perseguían con especial recelo libros de la Editorial Quimantú, una empresa semi-estatal creado en 1971 a partir de la compra de parte de una editorial privada. El objetivo de la editorial era el fomento de la lectura mediante la publicación de libros baratos, revistas y documentos políticos. Los depósitos de libros y archivos fueron quemados. Se ha calculado que alcanzó imprimir más diez millones de libros durante sus casi tres años de existencia, distribuidos y vendidos por todos los pueblos y villorrios de esa larga geografía costera.
Décadas después el jefe de los libroclastas sería investigado judicialmente por el manejo irregular en el extranjero de cuentas bancarias privadas alimentadas con dineros provenientes del erario público. Aparecieron documentos que probaban que con esos recursos financieros se habían comprado partidas de libros. Fue entonces cuando se descubrió que poseía una inmensa colección de libros.
Según un reportaje de investigación del periodista Cristóbal Peña, a partir de la información dada por peritos judiciales, el autonombrado capitán general logró acumular más de cincuenticinco mil libros distribuidos, principalmente, entre el fundo Los Boldos de la comuna de Santo Domingo en la costa central, la casa rural en la parcela El Melocotón en el cajón del río Maipo y las residencias urbanas santiaguinas del barrio La Dehesa, en la calle Los Flamencos, comuna Lo Barnechea. En esas bibliotecas se encontraban antigüedades, rarezas y piezas únicas de altísimo valor patrimonial y muchos ejemplares de primeras ediciones.
Días más tarde de consumada la traición, en 1973 declaró voluntariamente ante un juez poseer una biblioteca privada que tasó en doce mil dólares, a precios del 2006, año en que otro juez, en un juicio por malversación de fondos públicos, valoró las nuevas colecciones en algo menos de tres millones de dólares. De acuerdo con las estimaciones judiciales al incluir la colección sobre Napoleón Bonaparte---la única verdadera pasión que se le conoció, unos 900 libros y once esculturas en miniatura, la valoración llegaría a los cuatro millones de dólares. Aunque muchos ejemplares eran regalos, la mayoría fueron adquiridos con fondos públicos. Señala la resolución judicial que «algunos de los pedidos eran ejecutados por los oficiales del Ejército de Chile que oficiaban como agregados en las misiones de Washington y Madrid o en las diversas agregadurías». En un fallo definitivo de primera instancia proferido en mayo de 2015 se estableció la substracción de fondos públicos en 18 millones de dólares por lo cual fueron condenados varios oficiales del ejército que fungieron como testaferros en la apertura de las cuentas bancarias utilizadas.
A un periodista le confesó que «a las diez de la noche ya estoy en la cama, generalmente leyendo materias filosóficas, de historia, política, en fin. Leo un cuarto de hora». Un estudio sobre la marginalia de los libros permitiría entre otros aspectos saber de los textos leídos y de las intenciones ocultas de su dueño. Es revelador una frase subrayada en un libro que hoy reposa en la biblioteca de una fundación que lleva su nombre. La frase describe la actitud de un vicealmirante de la armada alemana de la primera guerra mundial: «Resultaba difícil adivinar su pensamiento íntimo, pues no descubría jamás sus planes a los ojos de los demás de manera abierta.»
En la biblioteca de Los Boldos de Santo Domingo, caracterizada por el desorden y el abandono según los peritos, se encontró una biografía de Francisco Franco con una dedicatoria escrita por el jefe de la policía secreta del dictador español. Por lo menos en este caso a todos los protagonistas los une el perjurio y la traición, y no como a los esbirros de grados inferiores del capitán general que pervirtieron el Cuarteto para cuerda nº 14 en Re menor de Franz Schubert, al emplearlo en alto volumen como ruido de fondo para ahogar el lamento de las víctimas en los centros de tortura.
En tan gigantesca colección personal de libros ¿existirían ejemplares de la editorial Quimantú, el más grande esfuerzo editorial alcanzado por el país en tan corto espacio de tiempo? ¿O tal vez del poeta Neruda, a quien despreciaba en público, pero que bien pudo leer en los nocturnos cuartos de hora de sus años de senectud? ¿O más plausible aún, encontrar ensayos del argentino Borges, a quien condecoró en aquel palacio que años antes había destruido mediante el fuego de bombas incendiarias y cuyos ojos le negaban el relumbre de oropel de las condecoraciones ganadas por los anfitriones en batallas infamantes contra la palabra escrita? No es improbable que en algún rincón polvoriento de sus bibliotecas se hubiese deslizado un anónimo volumen raptado a las fogatas que iluminaron las calles oscuras de la capital en los días inaugurales de su despotismo.
Uno de los nietos ha escrito que su abuelo era muy receloso con sus libros y que la biblioteca era para él como un lugar sagrado; eso es lo poco que sabe de su relación con ellos, salvo que no leía novelas de ficción, coleccionaba con preferencia libros sobre Napoleón, el arte militar y el anti-marxismo. Fue escritor y de su caletre pueden consultarse los ensayos Geopolítica (1968), Campaña de Tarapacá (1972) y Camino recorrido (1990) reunidos luego en dos tomos, titulados Memorias de un soldado y Biografía de un soldado.
De los 55.000 ejemplares, 2.750 estaban encuadernados en piel, trabajo elaborado por el más reconocido maestro de la ciudad. Otros volúmenes, como bibliófilo respetable, exhibían un exlibris o sello de propiedad diseñado en la Casa de Moneda: una mujer alada, con un árbol al fondo, levanta una llama de la libertad al tiempo que sostiene un escudo con las iniciales del dueño, en letras muy destacadas.
En las bibliotecas se encontraban muchas obras antiguas y raras, entre otras, un ejemplar de la primera edición de la Histórica relación del reino de Chile (1646) de Alonso de Ovalle, que es considerada por los expertos como el más valioso ejemplar que poseía; un Ensayo cronológico para la historia general de la Florida (1722) de Gabriel de Cárdenas; dos ejemplares de La Araucana, uno de 1733 editado por Francisco Martínez Abad y el otro fechado en 1776; una Relación del último viaje de Magallanes en la fragata S.M. Santa María de la Cabeza (1788) de Pedro Sarmiento de Gamboa.
Un lector podría apreciar los originales de una carta del libertador Bernardo O’Higgins y el manuscrito del Diario militar de José Miguel Carrera, uno de los personajes destacados en la independencia de Chile; parte de la biblioteca privada de José Manuel Balmaceda, un presidente de fines del siglo XIX que se suicidó hostigado por la oposición envalentonada contra las reformas que adelantaba; y un ejemplar de una obra sobre el héroe de la independencia Manuel Rodríguez que tiene el timbre de la Biblioteca del Instituto Nacional.
El Diario militar de José Miguel Carrera una vez recuperado reposa desde finales de 2005 en el Museo Histórico Nacional como era el deseo de su último dueño. Según se lee en un boletín electrónico de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos «de acuerdo al testamento de la tataranieta de Carrera, Luz Fierro Toro, conocido en 1974, el escrito debía ser entregado al Museo Histórico Nacional. No obstante, para esa fecha, el museo estaba cerrado por reparaciones y el diario fue enviado al actual Ministerio de Bienes Nacionales y luego a la Presidencia de la República. A partir de ahí, se perdió el rastro del texto patrimonial.»
Se ha demostrado que en esa inmensa colección existían once títulos que no los tenía la Biblioteca Nacional de Chile. El más importante de ellos era una Historia de Chile de Benjamín Vicuña Mackenna, afamado historiador, editado por la Imprenta Librería Nacional en el siglo XIX.
De septiembre de 1989 a septiembre de 1992 el capitán general distribuyó más de la mitad de los libros entre varias bibliotecas de instituciones castrenses, las cuales aún llevan su nombre.
En una de las noches de finales del invierno del año 73, noches de riguroso toque de queda y de terror, durante una reunión presidida por el tirano en la escuela militar del ejército un edecán le entregó una nota que daba cuenta de las hogueras que iluminaban la ciudad. Con mano temblorosa el capitán general pergeñó unas palabras al devolvérsela. El único libro que da luz es el que arde recordaría más tarde haber leído el ayudante antes de rasgar el papel y lanzarlo al cesto de la basura.
BIBLIOGRAFÍA
Manguel, Alberto, La biblioteca de noche, traducción de Carmen Criado, Editorial Norma, Bogotá, 2007. Cita del epígrafe en p. 245.
Peña, Juan Cristóbal, Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet, reportaje de investigación, Santiago de Chile, disponible en la red desde el 12 de junio de 2007.
Steiner, George, Los libros nos necesitan en Los logócratas, traducción de María Condor, FCE & Ediciones Siruela, México, 2007 (2003). Segunda cita del epígrafe en p. 59.
*Luis Alberto Arenas, La destrucción del saber por el fuego y otros textos, Editorial La Rosa de los Vientos, Bogotá, 2021; primer ensayo, pp. 15/22.
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