viernes, 15 de diciembre de 2023

ELOGIO A LOS LIBROS VIEJOS

Por: Ing. Luis Alberto Arenas V.*


En el exilio, Boabdil---el último sultán de Granada, recordaba con nostalgia:


«Me traje de la Alhambra mis libros predilectos y otros aún menos leídos. Muchos están encuadernados bellamente en cuero rojo o azul con abrazaderas de plata cinceladas.

Pero los que antepongo a los otros son los usados y envejecidos por el roce de las manos que me precedieron, y que percibo que se unen a las mías mientras los sostengo. Numerosas generaciones leyeron las páginas que, al albur, leo hoy. 

El libro se ha transmitido, como un emisario silencioso, de siglo en siglo, de país en país y de hombre en hombre.

El acoge la memoria del mundo y también la profecía del mundo; la historia pretérita de la Humanidad y la brumosa historia venidera. Todo está resumido y prevenido en esa antorcha que va de mano en mano iluminando la tiniebla.

Evocar la casi infinita continuidad y la inabarcable herencia de los libros, en cuyo regazo se apacienta la sabiduría y la curiosidad y el cataclismo y el amor de los hombres, me enaltece y me emociona. Ellos me conducen a una compartida serenidad, y cada día me imagino menos sin su compañía generosa.» (El manuscrito carmesí, p. 527)

El nazarí Boabdil---vivió la mitad de su vida exiliado en la ciudad de Fez, en Marruecos, donde murió a una edad avanzada---, entregó la ciudad de Granada el 2 de enero de 1492. Estos viejos textos leídos muchas veces y que llevó consigo se salvaron, pues al día siguiente de la entrega de la ciudad los pérfidos reyes de Castilla y Aragón, traicionando lo pactado, quemaron todos los libros que encontraron:

«En la plaza de Bibarrambla encendieron un hoguera con los libros: los que dejé en la Alhambra y los hallados en las casas en que, según las capitulaciones, no podían entrar. Nada se ha respetado: ni la ciencia, ni la filosofía, ni la medicina. Libros que representaban siglos de amor y de dedicación: nuestras oraciones, nuestras qasidas, nuestra mística y nuestra música. Todo ardió.» 

(El manuscrito carmesí, pp. 602/3)

En el escrito Breve compendio del mancebo de Arébalo, se recogen otros testimonios directos de la destrucción de los libros. Uno de ellos, de una anciana legendaria---la Mora de Úbeda, cuenta entre sollozos sobre la entrega de un selecto grupo de libros que los reyes nazaríes les hicieron a los reyes católicos al salir de Granada. Luego le confiesa: «Yo vi el Libro de la Altura Celeste en manos de un mercader que lo hacía papeles para niños y yo recogí estos pedazos para mayor duelo mío.» 

(El mancebo de Arébalo, p. 198)

El reino del al-Andaluz coincidió con la edad de oro de la civilización árabe. Un período que se asentó sobre los libros, el estudio de las ciencias y la investigación:

«Me ha complacido descubrir que matemáticos andaluces trabajaron para el visir persa Rachid al Din y hasta para los mongoles. Ibn Aquín, que fue discípulo de Maimónides el cordobés, Yaya Ibn Abu Sukr, el granadino, son ejemplos de lo uno y de lo otro. Y me he enterado, por la narración de un astrónomo viajero, Malik ibn al Haizán, en uno de los libros de la Alhambra, que durante la segunda mitad del siglo XIII, se llega a realizar en tres lugares distintos a la vez observaciones que conducen a unas semejantes tablas astronómicas.

De un lado, el soberano mogol Hulagu, el que destruyó la fortaleza de los asesinos de Alamut, y su visir Al Din (que tuvo el mismo nombre que mi perro) construyen en Oriente las tablas ilyaniés con la ayuda del andaluz Abu Sukr. De otro lado, en el extremo Occidente, Alfonso X, a través de los conocimientos de Yabin Ibn Afla, construye las suyas, redactadas por Ichaq Ibn al Sid.

Y, por fin, la más vieja de las culturas trabaja sobre el mismo asunto en Pekín, donde Cha Ma Lu Ting afinó sus exactos instrumentos de experimentación en los eclipses. Lo que más llena mi alma de alegría es adivinar que el nombre Cha Ma Lu Ting resulta de la adaptación a otras gargantas del nombre, asimismo árabe, de Jamal al Din (Dios sea loado, también como mi perro)». (El manuscrito carmesí, pp. 546/7)

El amor por los libros viejos sólo era posible en una cultura donde los libros eran una obra de arte y la lectura, una de las actividades sociales más excelsas y apreciadas: 

«En los relatos de viajeros y en un sin número de crónicas se narra la afición de los letrados árabes por las conversaciones sostenidas en las tardes en las bibliotecas privadas, a la vista de fuentes cristalinas bajo la sombra ya declinante de las palmeras situadas a lo lejos. Un círculo de amigos invitaba al personaje extranjero del momento que visitaba la ciudad para intercambiar noticias de lejanas tierras, o se reunían para comentar las lecturas de los últimos libros llegados a sus manos sobre filosofía, ciencias y poesía, o para someter a la crítica el último texto de uno de ellos o las traducciones más recientes. En esas reuniones todos recitaban poemas, pues un hombre era juzgado por su elocuencia, y la suprema elocuencia era la poesía. En contraste, las labores de traducción, estudio, lectura y redacción de comentarios y de escolios en la Europa medieval estaban confinadas al scriptorium de los monasterios de las órdenes religiosas, en el silencio y alejamiento del mundo en una aparente rigurosidad ascética; muchas de las traducciones, a efectos prácticos, quedaban en secreto.

La estilizada belleza de los seis estilos básicos de la caligrafía árabe, las hojas profusamente iluminadas con adornos de pan de oro ‘de mil colores’, la esmerada y pulcra encuadernación inventada hacia finales del primer milenio por los iranios, convertían los códices---ya verdaderos libros en el formato actual, en objetos muy apreciados y valiosos. Se conocerá como la edad de oro del arte de la ornamentación de libros y serán legendarios los maestros encuadernadores de Bujara, Herat, Samarcanda y Shiraz.

El arte de los maestros ilustradores, miniaturistas, iluminadores y calígrafos se consideró una práctica mística, cuyo destino final era la ceguera, un don excelso de Dios concedido a quienes persistían sin desmayo en el oficio durante toda una vida. El ejercicio de estas profesiones implicaba grandes responsabilidades sociales en una cultura donde la pintura y el canto son un desafío a los designios de Dios. En el islam está prohibido el arte del retrato y mucho menos representar a Dios o los profetas, censurado como una blasfemia. En cuanto la música, Satán fue el primero que cantó y la tradición sostiene que ‘la música y el canto hacen crecer la hipocresía del mismo modo que el agua hacer crecer el trigo’». (Los guardianes de la memoria viva de los libros, p. 146)

NOTAS

Gala, Antonio, El manuscrito carmesí, Editorial Planeta, Barcelona, 1997. Es una novela histórica en forma autobiográfica del último sultán de Granada Abû Abî il-Hasan ‘Al, de la dinastía nazarí, llamado por los cristianos Boabdil.

Arenas V., Luis Alberto, La destrucción del saber por el fuego y otros textos, Editorial La Rosa de los Vientos, Bogotá, 2021. Los ensayos El mancebo de Arébalo, pp. 197/202; y Los guardianes de la memoria viva de los libros, pp. 143/155.

*Sobre el autor

Ing. Electrónico (1970), U. Distrital, Bogotá. Magister en Ingeniería Eléctrica, U. de Chile. Historiador de la ciencia. Fue funcionario del Departamento Nacional de Planeación y de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones de Colombia; profesor y rector universitario; consultor en informática y telecomunicaciones. Autor de varios libros.


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